Miro el paisaje, calculando cómo lo atravesaré, imaginando cada valle, cada montaña, cada obstáculo que deberé salvar, y midiendo milimétricamente, el esfuerzo que tendré que hacer para llegar a mi objetivo. Respiro hondo, hinchando mis pulmones de ilusión, de ganas, cogiendo todo el aire que puedo, mientras froto mis manos de deseo y de reto. Y ahí vamos…
Empiezo por lo más bajo. A tus pies comienza todo. Rozo con mis labios unos dedos pequeños, mientras mis manos rozan tu empeine, buscando un lugar donde asirme, y así poder trepar al siguiente escalón. Esas son tus piernas, cortitas pero fuertes, fruto del esfuerzo diario. Doloridas pero incansables, las escalo lentamente, midiendo cada uno de mis tactos, para no dañarlas más, pero trazando un avance hacia arriba. Me apoyo en ellas mientras me agarro con fuerza a tu cintura, desde donde veo la infinita belleza que me espera aun más arriba. Busco recovecos en cada pliegue de tu piel, para no caer, y porqué no decirlo, para sentir la belleza que esconden. Me aupo, otro tanto más, y ruedo por torso, sintiendo su esponjosidad, y allí quisiera quedarme para siempre, sino fuera porque quiero seguir subiendo. Continúo, llegando a tus montañas. Me siento en ellas, a contemplarlas, y ver el acantilado que dejé bajo ellas, allí donde rompen las aguas de mi deseo. Me recuesto en ellas, cálidas y acogedoras, robustas y preciosas. Las recorro sin miedo, sin pudor, sabiendo que después de ellas, sólo queda el cielo…