Ruinas

Regresó el primitivo a su playa. Dibujó el perfil del mar, a través de la carretera que lo recorría. Kilómetros de asfalto que alejaban de un lugar, en la misma proporción que acercaban a otro. Escoltado por un horizonte constante, se fue acercando segundo a segundo, atraído por el olor a sal y la parsimoniosa quietud, de aquel tranquilo pueblo. Desembarcó en su Isla, como siempre hizo, y saludó a sus gentes, recogiendo y dando recíprocamente, el cariño que ni siquiera la distancia logró borrar. Palabras, gestos, relatos de vida, que pusieron contexto a aquella nueva visita. Secretos y confesiones, entre las que descubrieron el verdadero valor de algunas personas, y la decepción que dejan a su paso otras.

Volvió el primitivo a su paz, a redescubrir lo que ya conocía, a través, esta vez, de otros ojos, con la misma ilusión y ganas que los de él. Con la compresión por bandera, y el respeto siempre por delante, anduvieron hasta el Castillo, dónde una vez Daneris, dicen que habitó. El Faro giraba sin parar, avisando de la tierra a los más ciegos, y alumbrando la tarde que ya caía. Subieron un poco más, y pasearon sobre la historia. Minas huérfanas hoy de hierro, de las que sólo quedaban restos y ruinas. Un sol ya casi apagado, languidecía sobre ellas, tintando todo de serenidad y belleza. Nos esperaba la Playa de los Muertos, virgen e inmaculada, por los siglos de los siglos. Regresaron, felices, entre sonrisas, sin nada que esconder. Porque el tiempo pasa sin remedio, para la vida, para los hombres, para los sueños y las ilusiones. Los castillos, las piedras, los recuerdos de otros momentos en el mismo sitio, son hoy, ruinas, y comienzos a la vez…

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