Sábados

Lunes, recuerdos… Se amontonan las ideas en mi cabeza, tratando de hilarlas para que cobren sentido, y conseguir con ellas, que el olvido no se imponga.

Sábado. Despertamos antes que el sol, dispuestos a subir nuestra Sierra, camino de los Lavaderos de la Reina, buscando en ellos, la belleza del deshielo. Paso a paso, ascendimos lomas y picos, dejándonos caer hacia los valles que se escondían tras ellos, resbalando por neveros casi perpetuos y pisando suelos empapados, que lentamente, y con la incesante ayuda de hielo derretido y del tiempo, se transformaran en pequeños ríos, transportando el agua, que no hace tanto tiempo, fue nieve. La naturaleza había marcado aquel lugar, regándolo con el sonido continuo del agua. Pequeños riachuelos aquí y allá, en busca de una desembocadura mayor, y cascadas que rompían un silencio, surcado por el entrometido viento, que borra todo rastro de tranquilidad. La paz de la naturaleza nos envolvió, y entonces apareciste tú…

Sábado. Nerviosismo y miedo aupados a la Honda, junto a la ilusión del primer viaje en moto. Me amarré a tú cintura, seguro de que agarrado a ti, nada malo podría suceder. Nos esperaba el Veleta, meta de nuestro viaje. Serpenteábamos al ritmo de la carretera, escoltados por roca y pinos, cada más cerca, cada vez más alto, agrandando mi amor por ti, a cada metro que subíamos. No había nadie como mi padre. Eras mi ídolo, un casi Dios, que me llevó a la cumbre Nevada, dónde casi tocamos el cielo, allí dónde los deseos se podían cumplir. Quién imaginaba entonces, lo que había de venir…

Sábado. Comimos con mamá, y tu silencio de días, nos arrancó un pellizco en el estómago. De aquel día recuerdo mi enfado hacia ti. Por destrozar el pedestal en el que te había puesto, por demostrarme incasablemente que yo estaba equivocado, cuando ponía la más mínima esperanza en ti. La destrozabas sin remordimientos, desatando en mí tormentas de rencor y de odio, alentando deseos malignos para ti, sin tener que ascender a ninguna cumbre. Ya no protegía tanto tu regazo, y la magia que despertabas en tus hijos, no surtía efecto.  Recuerdo que subí con desgana, pero protegiendo al mediano. Si había de encontrarte alguien, debía ser yo. Y te encontré…

Y te volví a encontrar el Sábado, de nuevo en las cumbres, entre la belleza de la Sierra, esa que tan bien conocías y tanto amabas. Te encontré entre los sentimientos que despertaron en el ascenso, en tu recuerdo, en el paisaje, incluso en el silencio y en la tranquilidad de la soledad que busqué, cuando nadie miraba. Y te encontré, en paz, sin odio ya, con el único deseo de que hayas encontrado lo que buscabas. Y espero encontrarte una mil veces, entre la música, en los libros, en las lecciones, pero nunca más, como te encontré aquel sábado…

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