Duerme la mayoría, presos de sus sueños y su cansancio, de las urgencias de mañana, obligaciones impuestas o no, que son imposibles de aparcar en doble fila y por un momento. Cierran los ojos tratando de olvidar todo lo que hicieron y tratan de imaginar lo que creen que lograrán hacer. Eso si son sueños, que quedarán en la cuneta y lastraran un viaje, que parece infinito cuatro más joven y que los años van acortando y acelerando a partes iguales. Y es que la noche se hizo para dormir, extraño peaje que se nos impone para que el cuerpo pueda funcionar y la mente pueda divagar. Pero es justo a estas horas, cuando a pesar de que mis ojos me gritan que les permita cerrarse y mi cuerpo me ruegue que le deje descansar, que me gusta comprobar la resistencia, hacer lo que durante la mañana no puedo, y exprimo tanto el día que ya no se cuando empieza uno y acaba el otro. Son tantas cosas las que las horas de más consiguen hacer, que cuando por fin me doy permiso para dormir, una satisfacción me invade, consciente de que he logrado todo lo que me proponía, haciéndome sentir vivo, pleno y somne…