Me recuerdo de niño, viendo películas del oeste en las tardes de sábado cuando solo había dos canales, la primera y la segunda. Arropado por las enaguas de la ropa de camilla, al calor del brasero, veía como vaqueros a lomos de sus caballos, desenfundaban sus pistolas a ver quién era el más rápido, y recostados tras unas rocas, disparaban sus rifles. La pantalla despedía una ficción dónde la ley del más fuerte era la que imperaba, y los buenos y los malos, se diluían entre lo que estaba bien y lo que estaba mal. No era consciente entonces de aquello de que “el fin justifica los medios”, viendo escenas de duelos y muertes como algo natural. El más fuerte imponía su ley.
Hace unas semanas, terminé “Stranger things” esa serie con aires ochenteros, en la que unos jóvenes salvan al mundo en varias ocasiones, de un mal venido del otro lado. Me ha recordado a “Los Goonies”, a “Super 8” y alguna película más que ha buceado entre la heroicidad de la juventud. Demogorgons arrasando un pueblo, y un malo malísimo, Vecna, tratando de imponerse, a costa de lo que sea, y de quién sea. Y al contrario que en las películas del oeste, el bien y el mal, aquí si estaba bien definido. Apelando a la conciencia y lo éticamente correcto (quizás sean la misma cosa) este grupo de amigos luchan unidos por una causa común, por mucho que el villano intente manipular sus mentes, tratando de forzar su «mundo del revés». Un mundo oscuro, tenebroso, en el que él tenga el poder absoluto, un mundo en el que solo exista, quién él quiere que exista.
Hace una semana que Trump inició otra guerra. Irán ha sido atacada por EEUU e Israel. Otra vez unos cowboys han puesto nuestro mundo del revés. El genocida, con la connivencia de su mentor, ha decidido desenfundar de nuevo, disparar desde las rocas, y en un alarde de prepotencia e irresponsabilidad, poner en riesgo nuestro mundo, tal y como lo conocemos. Más Vecnas de pacotilla, que lo único que quieren es poder, su poder, delimitando como ellos quieren las fronteras entre el bien y el mal, alentados por radicales, ultras de derechas que anhelan su modelo de vida. Hace años nos dimos unas normas de convivencia, una hoja de ruta hacia la paz, y aunque en algunos países no sé estén haciendo las cosas bien, la solución no es sacar el arma antes que nadie. Este mundo no es el lejano oeste, ni Trump el sheriff. Y si me das a elegir, prefiero el mundo del derecho.