Es al despertar, sin abrir los ojos, cuando todo se ve mejor. No hubo despertador que pusiera límites al sueño, ni que truncara su paseo nocturno. Ningún ruido estridente que coartara mi descanso ni que me empujara a abandonar el colchón. Desperté, porque sí. Tal vez porque me sentía saciado de descanso o quizás porque era hora de probar el vértigo de la horizontalidad. Desperté si, pero mis ojos permanecían cerrados, atrapados en el sopor del cansancio que produce el descanso. Intuía la luz que acuchillaba la mañana, esparciendo su brillo por la habitación, donde la brisa mecía las cortinas, que atrapaban los sonidos que manaban de la calle. La lucha constante del cantar de los pájaros por hacerse un hueco entre el murmullo de la gente. El pavimento, arrancando los gemidos de los vehículos al pasar, el jardinero que riega, el barrendero que roza con su escoba el suelo, dejando arañazos invisibles en el intento por dejar limpia la calle. El silencio ahogado por la vida que despierta otro día, y deja un reguero de sonidos que nos dan la bienvenida. Déjame hacer de mi cama un refugio, el búnker antidespertar, anda, sólo un poquito más…