Baeza y su sentir (viernes)

Aquí, en Baeza, repetimos. Nuestro segundo año y seguimos tan enamorados como el año pasado de esta ciudad y su festival. Un pueblo que llegado el momento, vive por y para la música. No en vano, es la cuna de Supersubmarina.

Llegamos casi directos al recinto ferial y entramos cuando Maren y la tarde casi tocaban a su fin. De lejos, un sonido limpio y una voz dulce para darnos la bienvenida y dar paso a los incombustibles Sidonie, y como siempre, divertidos, ante todo, pero no sólo eso. Nos regalaron sus himnos y nos adelantaron temas de su próximo trabajo.

De los consolidados pasamos a las revelaciones, a la emergencia hecha carne en Querido. Digno hijo de su padre. Otro Ferreiro sobre el escenario, tranquilo, sobrio y muy joven, con un horizonte por pulir y toda una carrera por delante.

Noche cerrada y tocaba Veintiuno. Tan ellos, con ese sonido fresco sostenido en el amor y el desamor. Tan potentes en directo que no dejamos de saltar. Una delicia a tan sólo unos metros de distancia.

Karavana pegaron fuerte (cuando no) desgranando un repertorio que abrió camino a Elyella, que hicieron de la madrugada del sábado algo inolvidable. Sus temas, unos sobre otros, unidos al non stop y el baile sin descanso hasta caer desfallecidos.

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Deseos y pegamento

Prenden las hogueras otro 23 de junio, iluminando la noche más corta del año. Alzan sus llamas el cielo, pidiéndole permiso para devorar los deseos que le lanzan, y tratar así de hacerlos realidad. Ilusiones silenciosas marcadas a fuego. Fiesta y amistad dando voz al silencio, calentando la noche, invocando la magia. ¿Cuántos se cumplirán? Dependerá de la fe que le pongas, de cuánto creas, y sobre todo, de tu valentía al saltar las hogueras.

Y entre tanta devoción, estamos nosotros, reales como el presente que vivimos. Pegamento de tanto, pegamento de tantos. Guardianes de amigos, tesoreros de secretos, cuartadas perfectas para días inolvidables, comprensión sin juicio, y amor incondicional. Cabalgando el mismo concepto de vida, inentendible para unos, inalcanzable para otros, imperdonable para muchos. Silenciosos imprescindibles, uniendo sin alardes para que todo se mantenga en pie, y seguro que no nos necesitan, pero es más bonito con nosotros. Me ves, tal cuál soy, y me respetas, tal cuál soy. Sabes que eres la única que lo hace y sabes que es recíproco. Porque somos tan parecidos que no necesitamos hablar pero si escucharnos. Retroalimentamos nuestros pensamientos, nuestras ideas, con el convencimiento de que hacemos lo correcto, aunque sea incorrecto. Nuestro valor no es solo cuestión de valentía, a pesar de que tengamos que ponerle un precio para que se nos reconozca. Y aunque hayamos conseguido hacer algo normal nuestra virtud, necesitamos que de vez en cuando se nos reconozca. Que nos llamen egoístas si quieren, pero tú y yo sabemos, que para ser feliz y poder hacer feliz, hay que egoistar un poquito. De ahí nuestra luz, de ahí la felicidad.

Llega la noche más mágica, y entre tanto deseo no podía faltar el pegamento.

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Sin ti

Recuerdo que te escribí un 11 de junio. Tu silencio fue preludio de lo que imaginaba, y la certeza, aunque yo no lo supiera aún, de que ya no estabas desde hacía 3 días.

Ayer limpiaba mi casa, y como siempre, al coger el cuadro que me regalaste por mi cumpleaños, lo besé, mientras el dolor de tu ausencia volvía a pellizcar mi corazón. Hay batallas que no podemos ganar, y mira que lo intentaste. Imposibles, que lo son tanto, que ni siquiera la esperanza tiene opciones. Y aquí nos dejaste. La familia, un hijo, y amigos. Esperábamos la sanación de Ynuguanda en un giro final de película. La Gran Belleza, volvería a reír, a jugar con Su y Lápiz. Patricia podría ver crecer a su hijo, y su hijo conocería a la madre que ya no podrá ser. Pero aquel 8 de Junio, te arrancaron de aquí, porque estoy seguro de que no te rendiste.

La música sigue sonando, la vida sigue girando, y el planeta se ha vuelto loco de un año a esta parte. Ojalá estuvieras aquí a pesar de todo, porque en este año sin ti, el mundo se ha vuelto un poquito más feo.

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El año que perdimos la humanidad

Tengo 51 años y la historia la conozco por los libros. Y me da la sensación, quizás porque no viví ciertos hechos en persona, que hay historias que se repiten, como sino hubiéramos aprendido nada. Este año se celebra el fin del Holocausto, donde los nazis quisieron borrar de la faz de la tierra a todo un pueblo. Los judíos fueron víctimas del antisemitismo nazi. Sufrieron el horror de los crematorios, el encierro en campos de concentración hacinados como animales, en un intento por hacerlos desparecer de este mundo. Consecuencias del odio y de lo peor del ser humano. Y son ellos, precisamente ellos, los Judíos de Israel, que han decidido repetir la historia. No, no hay crematorios esta vez, ni campos de concentración, pero empujan a los Palestinos a los rincones de la franja de Gaza y allí los bombardean, cortando el acceso a los camiones humanitarios, matando de hambre a niños y civiles, en un intento por acabar de nuevo con un pueblo entero. Las víctimas de antaño son ahora son ahora los agresores. Es así de simple, por mucho que quieran incluir en la ecuación a Hamás. Hamás no es inocente y deberá pagar como grupo terrorista que es, pero Israel tampoco lo es. Lo peor de todo, es que nadie hace nada, nadie levanta la voz, nadie pone fin. Mientras tanto, Israel mata, se jacta de sus matanzas y se radicaliza cada vez. Aquellos que una vez estuvieron a punto de ser exterminados, hoy exterminan. Lo peor del ser humano vuelve a salir a la luz, y lo hace en el año en que volvimos a perder la humanidad.

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