Anuncios en las afueras

No, no soy mucho de Navidad. Suele la gente dejar para esas fechas lo que deberíamos hacer todos los días del año. El achuchón de última hora, esos deberes que haces copiando porque de ti no sale atender en clase. Imploran a nuestros corazones que se enternezcan buscando la compasión que deberían tener por toda esa gente que lo necesita. Son esas fechas días de encuentros, de reunión, de decirles a los familiares y amigos, cuanto los queremos, como si tras la fiesta, el amor desapareciera. No entiendo de fechas para los sentimientos. Eso es algo que todos llevamos dentro y que deberíamos demostrar todos los días. Nos atiborramos de abrazos y embriagados de felicidad, pasamos las navidades entre comilonas que pretenden unir aún más a quienes ya llevan tanto tiempo juntos. Me quedo con el trabajo diario, porque la tristeza y la necesidad, no están acotados, y puede que una sonrisa ilumine muchos días algo más que un árbol de Navidad. Porque de eso trata la vida, de sentir a diario y de despertar al mundo todos los días. De luchar para hacer un poquito mejor todo cuanto nos rodea. Y no lo digo porque sea Navidad, sino porque he visto “Tres anuncios en las afueras» que me han recordado lo jodida que es la vida, cuantos sentimientos somos capaces de albergar, y que el perdón es el más poderoso de todos, y que depende de ti y de tu actitud, que quieras ser feliz o no. FELIZ VIDA a todos!!

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Un poco más

Podría pasarme la noche entera haciendo equilibrios en el borde de tus piernas. Caminar de puntillas sobre tu vientre, dejando un reguero de besos allí por donde paso con la esperanza de alguno alcance tu boca. Podría viajar de norte a sur, conocer cada rincón de tu cuerpo, cada cordillera, cada valle, cada uno de los puntos que marcaste con una “x», parada y fonda de mi deseo, pero sobretodo, me adentraría en aquellos rincones prohibidos, los más peligrosos, esos que ni siquiera tu conoces, y te descubriría sensaciones, placeres, tesoros que no sabías que existían. Podría acariciarte, arrancar tus gemidos a base de roces, llevarte a la duda de si quieres mantener los ojos abiertos y ver el recorrido o cerrarlos para imaginarlo. Tocaría tu piel, sin prisas, para que supiera que el tiempo está de nuestro lado, y tatuaría en ella con mordiscos mi deseo. Podría desnudarte, no sólo con la mirada, dejarte al descubierto, sin mentiras, sin tapujos, sin vergüenza. Y me lanzaría a la batalla para conseguir conquistar esa boca que se muerde los labios en un intento de contener unos gemidos que al final acaban huyendo por cualquier resquicio. Penetraría en tu fortaleza con el salvoconducto de quién sabe que lo esperan dentro. Bailaríamos juntos, al son de un mismo movimiento, sabiendo que paso dar en cada momento para acabar exhaustos. Podría tantas cosas… y todo porque pidieras “un poco más…”

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Rastros de sangre en la nieve

El desamor, desalojo de ilusiones, el fin de todo plan. Son miles los desencadenantes, respuestas incompletas a cualquier ecuación lógica que en nuestra imaginación daba un resultado perfecto pero que sobre el papel no cuadra, por más operaciones que realicemos. Sumar y restar se confunden en la búsqueda de una “x» que se nos antoja perdida tras un mar de rutinas que azota la costa de nuestro paraíso. Besos en busca y captura, caricias avocadas a la extinción y ni un solo atisbo de ilusión que pueda mantener a flote algo que cae por su propio peso. Nadie está a salvo y todos tienen la solución en sus manos, pero somos necios, incapaces de esforzarnos y nos dejamos llevar, dejando en manos del tiempo la vida de unas flores que se marchitan lentamente por falta de riego. La vida es un esfuerzo constante. Querer sobrevivir a los años de la mano de otra persona requiere esfuerzo y dedicación, y pretender que tu felicidad la gestionen otros es un gran error. Llegará el invierno y con el la nieve, y el rastro de sangre sobre ella, será la señal inequívoca de que estamos heridos…

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