Millennial

Me cuesta comenzar. Borro lo escrito y vuelvo a empezar, rebuscando las palabras adecuadas para describirte, para describir los sentimientos que me arrancas. Le doy vueltas a la cabeza abriéndome paso entre la maraña de letras que se enredan a mi paso, tratando de desenredarlas y encajarlas para hacerte entender cómo has llenado la vida de tantos y trayendo contigo una felicidad que sólo comprenderás cuando tengas hijos. Allá vamos…
Fuiste el cuarto de nosotros, heredando el nombre de tu bisabuelo, abuelo y padre, una línea temporal que te toca continuar cuando yo ya no esté. Santi siempre fue y será un gran nombre. Naciste pequeño, como todos, aunque yo te veía más chiquito que a ninguno. Creciste, feliz, sin duda, marcándose esa felicidad en tu rostro, con dos hoyuelos que asoman cada vez que sonríes. Y lo haces mucho. Espero que no pierdas esa costumbre nunca, porque con el tiempo descubrirás, que una sonrisa, es sanadora. Has desarrollado unas cualidades envidiables. Constancia, tesón, fuerza de voluntad. Todo unido a esa inteligencia de la que gozas. Aprovéchalas, sácales partido y demuestra de lo que eres capaz. No sigas mi camino en ese aspecto, y no desperdicies lo que tienes. Ojalá puedas llegar tan lejos como tú desees, y consigas la vida que sueñes. Has luchado mucho y deberás seguir haciéndolo, pero ya sabes que mamá y yo, estaremos siempre ahí, para ayudarte y verte triunfar, para consolarte cuando lo necesites y sobre todo, para seguir viéndote sonreír. Fuiste nuestra “pequeña gran revolución” y ahora eres nuestro “Millennial”. Con que canción te definirá el futuro?
PD: A mi Millennial. Que se preparen los Titanes, porque vas a comértelos a todos.

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A ciegas (y los sentidos abiertos)

Un antifaz ocultó el camino de baldosas que nos habría de llevar hasta la oscuridad menos temida. Despertó el oído al cruzar la entrada, persiguiendo la música relajante que inundaba una estancia que imaginamos sin acierto y afloró el tacto cuando el agua caliente rozó nuestros poros al lavarnos las manos. Delicadamente, sin prisa, cómo si quien lo hiciera, se lavara las suyas propias y esas mismas manos (creo), fueron el faro que nos guio hasta nuestro lugar. Sentados, intentamos afinar la vista, que perseguía sombras luminosas tras la máscara. Pequeños faros que trazaban un mapa de las mesas que conformaban nuestras cercanías (o eso me parecía a mi). Las voces fueron el ariete de nuestra imaginación, derribando cualquier imagen que creíamos tener de la compañía que teníamos alrededor. Nombres y voces sin rostro compartiendo inseguridades. El menú comenzó a desfilar y con él prendió el olfato. Platos de comida delante de nuestros invidentes ojos que comíamos torpemente, haciendo explotar al gusto, mientras tratábamos de averiguar qué sabores eran aquellos que rondaban nuestro paladar. Un ejercicio de fe y adivinanza, dónde el secreto quedará en secreto. El vino no faltó, reposando en copas invisibles, sólo hechas carne cuando mis manos las descubría. La música no dejó de sonar, ni las palabras que nos acompañaron en aquella historia, hecha experiencia. Fueron asomando las sorpresas que encerraba la oscuridad, erizándonos, emocionándonos, antes de levantar el telón de nuestros ojos y que todo acabara. Y todo esto nos dejó abierta la puerta de la memoria para grabar con una sonrisa una cena llena de sensaciones, de la que aún queda mucho por descubrir…

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Desconexión

Llegó “Mi primer atraco” y con él, todo lo que había de venir. Volvíamos de Almería, escuchando kilómetro tras kilómetro, cada uno de los temas que nos regalaron con su primer LP. El fin de las vacaciones tenía una banda sonora: Full. Regresamos con la ilusión de nuestro primer Granada Sound, al que fuimos sobre todo, por verlos a ellos. Y es que ellos, fueron la salida de todo lo que hemos vivido después. Conciertos, festivales y ratos inolvidables de música sin descanso. Ahora nos dicen “Adiós”, por tiempo indefinido, aunque a mi me suena a despedida de por vida. Sólo basta con haber estado en su última actuación en Granada, para darse cuenta de que entre ellos, se han desconectado.

No eligieron la mejor sala para su última actuación en esta mágica ciudad, mi ciudad, mi Graná. El cine de antaño, Aliatar, es una sala amplia, circular, con gradas en alto y decoración llamativa, pero con una acústica poco apropiada para conciertos. Desde el fondo, se escuchaba un zumbido constante y los instrumentos, se solapaban por momentos, ahogando la voz de Javi, que a veces parecía que gritaba más que cantaba. No. No es que ellos lo hicieran mal. Son una banda con hechuras, que saben lo que hacen, pero aquella sala, les restó. Y aun así, supieron manejar los tiempos, engarzando temas de sus tres trabajos en estudio con maestría. Un público entregado coreó sus canciones, caldeando el ambiente entre saltos y bailes, y aun así, sobre el escenario, había frialdad. Estaban desconectados entre ellos, cada uno a lo suyo, cumpliendo con su instrumento sin pasión, sin divertirse, pasando el trámite sin pena ni gloria, y todo pese a los esfuerzos de Javi por intentar explicar la despedida y convencernos de que lo importante de Full no son ellos, sino su música. Tanta es la distancia que hay entre ellos, que ni siquiera presentó a los miembros de la banda. No hubo nombres, sólo algo genérico llamado Full.

No fue el mejor de los conciertos, pero en el fondo, por lo que representaba, fue bonito. Nos despedimos de una banda alejada más que desconectada y que ahora más que nunca, siguen sin saber “Quiénes son realmente”…

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Día de partido

Nervioso, impaciente, deseoso. No llegaba la respuesta que esperaba y el tiempo corría. No se si en mi contra o a favor, pero corría. Demasiado rápido si lo pensaba, irritablemente lento cuando lo necesitaba. Levantaba el móvil esperando ver iluminada la pantalla, y seguidamente lo volvía a poner bocabajo. Nada. Ni una sola señal. El silencio más absoluto. Se colaba en esa espera la desesperación que aceleraba mi pulso aun más. Notaba como los nervios jugaban con mi corazón, haciéndolo querer salir de mi pecho y buscar un lugar más tranquilo dónde habitar. Mi pierna no dejaba de moverse. Movimientos regulares, rápidos, incansables, tratando de apaciguar unos nervios, que no entienden de tranquilidad. Resoplaba, respiraba hondo, expirando todo el aire que necesitaba para vivir y que ahora estorbaba dentro de mi.

Una vibración en la muñeca fue el aviso. Miré el reloj con desesperación y allí estaba. “Ya”, rezaba el mensaje. Había un momento tan largo por disfrutar tras aquella palabra tan corta, que ni la imaginación podía imaginarlo. Mi mujer seguía en el gimnasio y los niños en sus actividades, y todos tardarían en volver. Así que cogí unas cervezas bien frías y me dirigí a la casa del vecino. Caminé lento, tratando de disimular la impaciencia que me recorría. Toqué a su puerta. Un golpe firme y seco. Me abrió su mujer, que salía con sus hijos. Se iban al cine mientras nosotros veíamos el partido. Nos miramos con una sonrisa y se despidieron con un beso, que yo deseé con toda mi alma. Cerró la puerta cuando su familia hubo subido al coche y se alejaron. No hubo palabras, tan solo miradas mientras puso la tele, subió el volumen y dejó puesto el fútbol. Abrimos una cerveza cada uno, brindamos y aquel beso que había deseado hacía tan solo un momento, fue entonces mío. Ya no había impaciencia, ni nervios, ni esperas. Entre trago y trago nos desnudamos, dejando asomar nuestras ganas, y entre caricias, volvió a nacer la pasión. Nuestro secreto asomaba con cada partido, partidos que jamás veíamos, aprovechando el tiempo que nos brindaba la excusa del fútbol. Y no es que no nos gustara el fútbol, es que nuestros cuerpos, eran más interesantes…

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Sentimiento y sensibilidad (by Sienna)

Con él, empezó todo. Hace ya un tiempo indefinido que volaban sus canciones a través de mensajes. Lo descubrimos y nos descubrimos en cada una de sus letras, que nos rozaron la piel y el alma, como ahora nos rozamos cuando nos tenemos frente a frente. Fue la excusa y la razón de lo que tenemos ahora.

Como no hay dos sin tres, el viernes repetimos. Volvimos a caer en las redes de Sienna y volvimos a descender esas escaleras plateadas, que conducen al escenario de la Planta Baja. Da igual izquierda o derecha, porque al llegar abajo, todo lleva al centro. Llegamos a tiempo, abandonando al retraso que nos quería liar de nuevo, para no perdernos ni una sola nota esta vez. La sala llena y el ambiente impaciente. Gente conocida y otros muchos desconocidos abriendo los sentidos para lo que comenzó puntualmente.

Camisa negra transparente. Sonrisa gigante hundiendo para siempre la melancolía sobre la que lo vimos en su último concierto. Comenzó con lo último, y a ello, le fue añadiendo temas de uno y otro disco, sin desafinar, sin desmerecer ni una sola canción. Una garganta envidiable para llenar de sentido y sensibilidad sus letras. Nos habló, contando los porqués de sus letras, agradeciendo nuestra presencia, como si nosotros fuéramos los artistas, pero sobre todo, disfrutó. Se notaba en su sonrisa, en sus gestos. No se dejó nada en el camino. Las luces acompañaron con maestría cada tema, que rozaba su corazón de vez en vez, haciéndole cerrar los ojos a cada tono que nos regalaba. Temas lentos transformados en potentes, que nos hicieron bailar a ritmo de la batería que por momentos ocultaba su voz, y unas guitarras y bajos, que jamás se saltaron el guion. Se apoyó en el piano para dar comienzo a algunos de sus temas, pero lo abandonaba cuando todo cobraba fuerza. Y todo en “petit comité”, todo cercano, todo inolvidable.

Me acordé de ti, Sergio. En como escribir esta crónica y poder llenarla del sentimiento y la sensibilidad, que él tiene. Eso que tanto te gusta (nos gusta) de él y que cuesta plasmar con palabras. Se que te hubiera encantado verlo y sentido junto a nosotros, pero valga este resumen como regalo para un mínimo acercamiento a todo aquello que sentimos, otro viernes de concierto.

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Viva Suecia

Caliente. Así fue la noche del sábado.

Casi un año después asaltamos de nuevo La Copera, esta vez como impostores. Dijimos ser quiénes no éramos para colarnos en el primer concierto de la temporada, y uno de los mejores en mucho tiempo, aunque eso no lo sabríamos hasta que hubo terminado.  Palpitaba la incertidumbre por no saber que nos encontraríamos. Y es que “El amor de la clase que sea”, se convirtió en controversia nada más publicarse. Viva Suecia cambiaron de discográfica y arriesgaron con evolucionar, dando un salto hacia el pop en su sonido, que aunque siempre reconocible, perdió su identidad cuando aflojaron las guitarras y la batería. No sabía como encajarían toda la potencia de sus trabajos anteriores con la “suavidad” de estos últimos temas. Y he de reconocer, que lo supieron hacer a la perfección. Recorrieron el disco casi entero. Sólo faltó una canción por tocar. Y sonaron bien. Fueron conscientes de quienes fueron y quienes son, así que en la mayoría de ellas, sumaron las guitarras de siempre, aunque fuera de fondo, en un estridente pero fantástico eco de su sonido, para llenar de Viva Suecia sus nuevas melodías. Batería potente a pesar de todo y un bajo que no perdía ritmo. Buen hacer en el escenario, con risas, besos y bromas. Todo delante de una pantalla gigante que vistió el espectáculo de inolvidable. Supieron encajar a la perfección todos sus temas, llevando al público en volandas hasta el éxtasis. Tarareamos sus letras, gritamos sus canciones, saltamos, bailamos. Bajaron hasta nosotros y nos llevaron a lo más alto. Hicieron guiños a temas de otros grupos y Niños Mutantes les acompañaron en el escenario en unos de sus mejores temas del último disco. Y Gema, llevabas razón. Para acabar, ya sabes cuánto me gusta “Amar el conflicto”.

Fría. Así nos recibió la noche al abandonar el local. Después de hacernos arder los de Murcia, regresamos con una sonrisa en la boca y con ganas de más. Porque Viva Suecia, han sido sólo el principio…

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