Rompeolas

Gritan las olas al tocar tierra, dejando tras de sí, un manto de espuma blanca. Murmullo constante de agua, en un vaivén infinito, que trata de mecer al tiempo, para dormirlo y que se detenga  aunque sólo sea un momento. Se deshace el mar al final de su recorrido, y se vuelve a recoger, recomponiéndose, siendo lo que siempre fue y lo que siempre será. El viento, que mueve los hilos elevando las olas, contándolos y dejando caer las mismas aguas, que hace tan sólo un momento, él levantó. Es carne de mareas mientras la Luna mande, extendiendo o acortando sus aguas, bajo el influjo del satélite.

La arena, testigo mudo de travesuras, de amores, de antaños y de futuros. Tierra mojada, húmeda de mar, balcón de horizonte y descanso de viajeros, soporta estoica las embestidas del mar que quiere ablandarla, someterla, pero sólo consigue compactarla, convirtiéndola en masa de futuros castillos. Imaginación e ilusión llenando cubos y moldes, construyendo diques o piscinas, para contener lo incontenible.

Y así pasan la vida, enzarzados en  la eterna lucha, agua y arena, olas contra tierra, discusión sin consenso. Acunándose el uno al otro, porque en realidad, no pueden ser uno, sin ser dos…

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Ruinas

Regresó el primitivo a su playa. Dibujó el perfil del mar, a través de la carretera que lo recorría. Kilómetros de asfalto que alejaban de un lugar, en la misma proporción que acercaban a otro. Escoltado por un horizonte constante, se fue acercando segundo a segundo, atraído por el olor a sal y la parsimoniosa quietud, de aquel tranquilo pueblo. Desembarcó en su Isla, como siempre hizo, y saludó a sus gentes, recogiendo y dando recíprocamente, el cariño que ni siquiera la distancia logró borrar. Palabras, gestos, relatos de vida, que pusieron contexto a aquella nueva visita. Secretos y confesiones, entre las que descubrieron el verdadero valor de algunas personas, y la decepción que dejan a su paso otras.

Volvió el primitivo a su paz, a redescubrir lo que ya conocía, a través, esta vez, de otros ojos, con la misma ilusión y ganas que los de él. Con la compresión por bandera, y el respeto siempre por delante, anduvieron hasta el Castillo, dónde una vez Daneris, dicen que habitó. El Faro giraba sin parar, avisando de la tierra a los más ciegos, y alumbrando la tarde que ya caía. Subieron un poco más, y pasearon sobre la historia. Minas huérfanas hoy de hierro, de las que sólo quedaban restos y ruinas. Un sol ya casi apagado, languidecía sobre ellas, tintando todo de serenidad y belleza. Nos esperaba la Playa de los Muertos, virgen e inmaculada, por los siglos de los siglos. Regresaron, felices, entre sonrisas, sin nada que esconder. Porque el tiempo pasa sin remedio, para la vida, para los hombres, para los sueños y las ilusiones. Los castillos, las piedras, los recuerdos de otros momentos en el mismo sitio, son hoy, ruinas, y comienzos a la vez…

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