Despertamos ávidos de sueño, hambrientos de un descanso que le recortamos a la noche por intentar alargarla más de lo debido. Partimos al amanecer y pusimos rumbo a la primera escala del viaje y tras ver levantarse al sol, desembarcamos en Arjonilla para ver a niños y niñas como intentaban mantener en el aire unas plumas, impulsándolas con sus raquetas de Badmitón. Las espoleaban unas veces llevándolas al límite de la pista y otras solo las empujaban , suavemente, para que cayeran a plomo tras una red que dividía los dos territorios. Uno tras otro, se sucedieron los partidos, quemando las horas que fueron pasando entre lecturas y mensajes de futuro, y desde unas gradas divisaba cada lucha por ganar los partidos mientras mi rodillas casi olvidan como se ponían rectas después de tantas horas sentado. Partimos cuando todo estaba decidido hacía el segundo puerto, en compañía de la noche y la lluvía, y mientras avanzábamos, la velocidad transformaba los paisajes en líneas monocromas, sólo iluminadas por los luces de los coches. Y aquí andamos, camino de una Sevilla que nos espera para ver si somos capaces de atravesarla corriendo…