Trenes y barcos

Conoces esa sensación de no ser dueño de tu vida? Esa sucesión de acontecimientos, que de una forma u otra, o mejor dicho, y otra, consiguen que pierdas el control de lo que quieres y puedes hacer. Un cúmulo de hechos, que derivan en dejarte a la deriva, a merced del viento, como un barco que sabe dónde está el norte pero el timón no le deja virar. Así se escapa el verano, como arena entre los dedos, como estrellas fugaces, tan rápidas que si parpadeas no las ves. Más días como los de siempre, como los de todos los veranos, calurosos y planos, viviendo en mi pequeño palacio, sin más horizonte que la calle que me vio crecer. Un barco cargado de ilusiones incumplidas, que nunca llega a puerto.

Quizás debería haber cogido mejor un tren, aunque nunca supe donde estaba la estación correcta, porque os aseguro que se dónde quiero ir, pero no desde dónde partir. Lo más seguro es que ese tren, el mío, ya pasó, y yo sigo allí, año tras año, en el andén, esperando a que el pitido me avise de que debo subir, pero nunca suena. Todos me saludan con la mano, diciendo adiós, rumbo a otros lugares, a otras aventuras, donde doraran sus pieles y descansarán sus cuerpos y sus mentes. Van en busca de eso que llaman desconexión. A saber a que sabe.

Aquí ando esta noche, entre barcos y trenes, agarrado a mi manual básico de emociones, tratando de mantener el tipo para no hundirme, ni saltar a las vías. Buscando entre las palabras y los sentimientos, las razones para seguir sonriendo, y a pesar de todo, os aseguro que las encuentro, pero eso, os lo cuento otro día.

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Sujetando el sonido

La culpa la tuvo el cuenco tibetano. Ni la suerte, ni las cartas, ni casi la botella de cava bebida, el cuenco tibetano. Y es que la noche nos confunde, y nos une, como tantas y tantas noches juntos. Cocherazos improvisados, a la luz de la luna, al borde de la noche, invocando al espíritu de la amistad. Fuimos conejillos de indias para una nueva idea culinaria, y el resultado fue que cenamos como los dioses, nada nuevo en nuestras vidas cada vez que Pablo saca su magia cocinera a pasear. Nos regamos con sangría de cava, y entre cotilleo y cotilleo, y preguntas sin respuesta, nos acercamos al momento chinchón. Pero antes, el regalo, atrasado, pero regalo con todo nuestro cariño. Y allí apareció, el cuenco tibetano, brillando bajo la noche, otro deseo concedido de unos Miami para otra Miami. Gema intentó el sortilegio, golpeando el borde del recipiente con la maza, y haciendo girar esta sobre los bordes de este, en un intento por sujetar el sonido que desprendió el cuenco. No hubo suerte y se diluyó entre el ruido de nuestras voces y quietud de la noche. Lo intentó más de una vez, y no fue capaz, huyendo el sonido de sus manos, incapaz de sujetarlo, rompiendo así la magia que esperábamos escuchar. Solo Luis fue capaz de arrancarle ese sonido circular que aguantó sobre los bordes, bailando ante nosotros, sujetándolo con el mazo mientras lo rozaba fuerte contra el cuenco. Ese era el truco para que apareciera la magia. Y esa magia fue el principio del fin de una victoria cantada.

PD: Habrá revancha…

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Entre olas

Arrancamos desde una tarde que abrasaba, dirección escapada, huyendo del sol, buscando un mar de tranquilidad que refrescara nuestro cuerpo y nuestra alma. Nos ahuecamos cerca de la orilla, al borde de las olas, muy cerca del agua y lejos de todo lo demás. Y entre el murmullo del mar volvieron las historias, unas acabas, otras repetidas y alguna por comenzar. Para el futuro, hubo más preguntas que respuestas, dejando todo como empezó. Para el pasado lo tuvimos más claro, concluyendo que tanto amor no puede ser bueno, si con él, abandonas todo lo demás y asfixias al más pintado. Y para el presente…

El presente fue la tarde vivida, los amores perros, la menopausia, los secretos, la tranquilidad; es un baño, una risa, confiar, es una foto, o dos, y tres; el presente es aquello que nos hace felices ayer y mañana, incluso con nuestras mierdas; es un bocadillo, la radler sin alcohol, las porquerías que le damos al cuerpo; el presente es la luna que crece por momentos, el camino de regreso y el de ida también; el presente es todo lo que nos ocurre y que nos cambiará, o no, y que nos contaremos el año que viene, o no, en otra tarde de verano. No, este año no hubo lágrimas, y si las hubiera habido, se hubieran perdido entre las olas.

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