De par en par (segunda parte)

Se miraba el sol en la piscina, aplacado por el agua, mientras nosotros buscábamos una sombra donde comer y beber. Mesa larga para todos los que habríamos de ser, con arroz y presentaciones de por medio. Baños y bailes, risas y fotos, y la promesa de que al llegar la medianoche nos reencontraríamos. Y así ocurrió. Las pantallas del escenario palpitaban ganas, nuestros corazones anunciaban fiesta y la noche se intuía larga. Sí. Hubo que bailar, bajo los efectos del Jager y de todas las copas que bebimos. Cantamos, saltamos, reímos, disfrutamos y sobre todo, fuimos felices, otra vez, para quien lo haya dudado alguna vez. Así fue, cada una de las noches que nos juntamos en aquella plaza, con cada una de las personas que conocí en Somontín. Esas que son de allí pero su vida les llevó lejos y retornan cada año para no olvidar de dónde son. Raíces arraigadas a una tierra que los ancla para no hundirse jamás. Calles estrechas para regalar sombras, escoltadas por casas blancas con las puertas abiertas de par en par. Ese lugar dónde todos se conocen y el vínculo es tan estrecho como sus calles y abren sus corazones tan de par en par, que es imposible no entrar. Y ahora ya no quiero salir. Supongo que eso tiene la buena gente, que cala enseguida, como la lluvia fina. También hubo comida en la calle, barbacoa en las alturas, y seguro que algún amor de verano, vete tú a saber, porque el corazón y la ganas, las carga el diablo. Pero todo eso lo dejamos para el verano que viene, que de algo tendremos que hablar cuando regresemos.

PD: A mis amigos de siempre y a los nuevos, (ya sabéis quiénes sois). Gracias por abrirme las puertas de vuestro pueblo de par en par.

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De par en par (primera parte)

Llegamos a Somontín de tarde, entre el bochorno y la calor de un día de agosto. El plan trazado hace meses comenzaba su andadura solo con los miembros que conocen el verdadero significado de la amistad. Desembarcamos en un palacio de tres plantas desde dónde el horizonte parece más cercano, casi tanto como el cielo. Techos planos, edificios colgados del tajo que sirve de límite entre la naturaleza y nosotros. Abrimos puertas y ventanas para convertir el aire en corriente y poder alejar la calor de aquel viernes. Los más jóvenes salieron en busca de más juventud y nuevas amistades mientras los menos jóvenes buscamos una playa sin olas, espejo de la luna, y en su orilla cenamos, abriendo melones e iluminados por la compañía que nos damos los unos a los otros. Era la primera noche en la plaza del pueblo que nos esperaba para brindarnos los primeros Jager. El escenario vacío la presidía impaciente por verla repleta de las gentes del pueblo, que vienen cada verano a darle la vida que le falta el resto del año. Pero eso sería la siguiente noche.
Silencio y cantos de golondrinas en un amanecer fresco y con brisa, que mecía las hojas y las banderolas que adornaban la plaza recién levantada. Café para espabilar el día antes de conducir hasta Urrácal. Sonaba La Plazuela en el trayecto vertiendo sobre mí su demoniaco sonido, que yo escuchaba desde el inframundo del coche. El agua había erosionado el paisaje formando tajos, limando las montañas con su roce, moldeándolas a su antojo, y creando el refugio perfecto de la paz y la tranquilidad. Descendimos hasta sus entrañas agarrándonos a las piedras, apartando las ramas, y fotografiando los cortados que se erigían majestuosos sobre nosotros. La calor nos esperó a la entrada y y nos recibió al volver sobre nuestros pasos, así que para espantarla, nos sentamos alrededor de una mesa, y cerveza en mano, volvimos a abrir el melón, imaginamos un hastag que jamás usaremos, y descubrimos que no hay mejor forma de desenredar las cosas, que atando cabos. Volvimos a Somontín con el Karma y las ganas intactas.

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Promesa

Cinco años atrás, el Chavarino aún lucia. Refugio deseado de unos primos más jóvenes, a orillas de la acequia y al borde de los maizales, nos sirvió entre velas y la noche, el frescor que desprende el campo. Pusimos sobre la mesa nuestras vidas, y nos guardamos los secretos los unos a los otros. Cerró nuestro cuartel de verano, y otro 9 de agosto y por causalidad, nos volvemos a juntar, la rubia, la pelirroja y yo. Mismo día, distinto lugar, alardeando de la felicidad con la que afrontamos nuestra madurez. Convertimos la acequia en mar y el maíz en arena, y sobre una toallas, hablamos de todo lo que se puede hablar y de lo que no también. Nos reímos de los dramas y de sus dramáticas consecuencias. Recordamos pretéritos imperfectos, cuando aún creíamos que eran presentes perfectos. Descubrimos que desde arriba todo se ve mejor. Recontamos amantes, sumando o restando en función de las ganas. Murmuramos cómo somormujos que algunas cosas ya no importan, y las que importan son las que nos mantienen vivos. Frungimos con la mente, aunque no os contaré con quien, ni cuánto, pero siempre es poco. Fotos y arrebatos, para dar aire a nuestros secretos, que intentaron huir para no ser descubiertos. Así se nos fue la tarde. Entre arrumacos y serenidad. La que te da la vida cuando casi has conseguido que sea pluscuamperfecta. Regresamos con la noche, con la duda de si, vestido o mono, y con la promesa de que cada 9 de agosto, como siempre y sin tarjeta, inventaremos cualquier excusa para juntarnos y certificar que los primos aún sonreímos.

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Openheimmer

La memoria es frágil. Y corta. El tiempo se empeña en hacer lo olvidar lo más lejano como si recordar fuera un esfuerzo tiránico, y cuánto más atrás, más cuesta. Por eso tendemos a olvidar, porque no nos gusta esforzarnos. Pero recordar, es la única forma de no repetir errores.

78 años. Hiroshima quedó arrasada por la primera bomba atómica lanzada a este mundo. Le siguió Nagasaki el 9 de agosto. Los americanos quisieron zanjar así la Segunda Guerra Mundial, y dieron la estocada final a Japón. Casi 250000 personas fueron borradas de la faz de la tierra. Y algo que parecía el final de todo, sólo fue el principio. Una carrera armamentística para ver quien hacía mas armas nucleares. Rusia y EEUU, aliados de conveniencia contra los nazis, volvían a ser enemigos acérrimos. Y hasta hoy. La historia nos demuestra, que no hemos aprendido nada. Seguimos enfrentando al mundo. Formas dispares de pensamiento, distintos estilos de vida, diferentes creencias. Armas en vez de palabras. Bloqueos en vez de entendimiento. Egoísmo personificado en la sociedad que hemos creado, dónde lo mío, es más importante que lo tuyo. Y así nos va. Cada vez más alejados. Cada vez más distantes. Cada vez más intransigentes.

En Los Álamos dieron vida al Proyecto Manhattan, y bajo la dirección del físico nuclear, Robert Openheimmer, desarrollaron las bombas nucleares. Y aunque estuvo de acuerdo en que se lanzaran las bombas, el tiempo le demostró, que tal vez, no debería haberlas fabricado. Pero así son las reacciones en cadena. Una vez que empiezan, es difícil pararlas. Y para eso está la memoria. Para ponerle un poquito de freno a estas reacciones. Si no dejamos que empiecen, no habrá que parar nada. Estamos a tiempo de hacer un mundo mejor. Y esta es la mejor razón para hacer el esfuerzo de recordar…

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