Sin grumos

Pili y Elo. Fue en el instituto, en aquellos desayunos que alargábamos a costa de las clases, cuando aún creíamos que nos comeríamos el mundo. Venía de repetir, tercero de BUP, que por entonces ESO aún no se llevaba, ni tampoco seguir las normas a rajatabla. No éramos malos, traviesos si acaso y muy buenos amigos. Por aquellos entonces odiaba a Héroes tanto como Elo los amaba, o eso decía yo, porque en fondo y en la intimidad los escuchaba. La edad y sus mentiras para caer mejor y que no te dejasen de lado. Y la falta de personalidad para hacer lo que realmente quieres hacer. Pili era más pija. Rubia de pelo largo, encajaba muy bien con Elo, de pelo negro (o eso quiero recordar) y look a lo Bunbury. Siempre juntas, sin importarles lo que pensara las gente. Y el pardillo con ellas (yo). Conversaciones en la barra de aquellos desayunos en La Frontera , cuando aún no tomaba café. Tal vez era demasiado joven para beberlo y para tantas otras cosas. Así que Cola Cao y media, tampoco había presupuesto para más, y hablábamos, del presente, de sus amores, que los míos eran más aburridos. No se si del futuro, aquello pasó hace ya tanto, pero lo que sí recuerdo perfectamente, es que fueron ellas las que me enseñaron a preparar ese Cola Cao frio sin grumos…

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Palabra de honor

No me pidas que prometa. No quieras obligarme a llevarme por un camino que tal vez choque frontalmente con mis principios, que me haga tener que decidir entre varias opciones de las que no me gusta ninguna y acabe por romper mi promesa, o algo aún peor, hacer algo que dije que jamás haría. Si hago algo es porque quiero, porque se ajusta a mi código, porque entra en mis posibilidades. Cuando te doy mi palabra puedes confiar en mi, puedes estar tranquilo de que haré todo lo que esté en mi mano para hacerlo y lucharé con todas mis fuerzas para cumplir con lo que te dije. Es cuestión de honor, de darle valor a mi palabra, de demostrar y demostrarme, que soy de confianza. Así que no me pidas que prometa. Las promesas se quiebran con facilidad, los juramentos se olvidan pronto. Mírame a los ojos si buscas seguridad, susúrrame al oído los secretos que necesites guardar, agarra mi mano ni necesitas cruzar el precipicio. Te doy mi palabra, de que te protegeré, de que guardaré bajo llave esos secretos y de que no te soltaré cuando cruces…

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Pinceladas de Verano

Llegaron por fin los balcones abiertos, las ventanas de par en par, dejándose invadir por el viento que mueve la noche y que trata de enfriar todo aquello que calentó el día, las calles, la vida y mi mente. Volvieron las sábanas arrinconadas en los pies de la cama y que no quitamos por la vergüenza de no ver un colchón desnudo. Regresó la lectura a la luz del verano, a las noches vacías de silencio, al cielo picadito de estrellas, que siempre está ahí, pero que sólo le prestamos atención cuando llegan estas fechas. Volvieron los sueños cortos y los días largos, los paseos llenos de gente que caminan sin rumbo, como el resto del año, pero ahora en manga corta. Llegan de nuevo las ganas de no dormir de noche porque las gastaste con la siesta y el sofá. Ya está aquí el Verano, sentado en terrazas, bebiendo tintos que llevan su nombre, alargando el insomnio hasta dormirlo de madrugada con los primeros rayos de luz, que hacen inservibles las cortinas que tratan de impedir que traspasen sus límites. Vuelven las vueltas en la cama, la búsqueda interminable de la postura perfecta, las pelea constante con la almohada, que no quiere oír ni por asomo, hablar de consultas. Repetimos verano, otro año más, tan diferente y tan parecido a los demás, regalando calor y días despejados, playa y vacaciones en turnos que deseamos que lleguen lo antes posible pero que no se acaben jamás…

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La Torre y la Princesa

Había una vez una Torre, alta, tanto, que había veces que la Luna la pasaba a acariciar. De estructura perfecta, simétrica, de ladrillos tan iguales, que parecía los hubieran clonado, fuerte y robusta, como se le exige a una buena torre, para que ni la tormenta más feroz, ni el Dragón más temible, pueda acabar con ella. Anclada al mundo, inmóvil, mostrando su esplendor a todo aquel que pasaba por allí. Y allí residía, en un mundo lejano, sin nombre, escondida tras el anonimato del desconocimiento de su existencia. Fue feliz desde que la construyeron, más aún desde que le dijeron que su cometido sería proteger a la más bella Princesa del mundo. Se sintió orgullosa y halaga por haber puesto en ella tan noble confianza. Aún recuerda el día que la conoció, el color de sus ojos, azules como el cielo que tocaba a diario, aquel pelo ondulado, como las escaleras de caracol que la recorrían; su cuerpo, perfecto, moldeado, lleno de curvas como su propia estructura. Estaban hechos el uno para el otro. O eso pensaba la Torre…. La Princesa se adaptó rápido a su nueva vida. Era fácil. Sólo debía esperar al Príncipe que la sacara de allí. De lo demás se ocupaba la Torre. Cocinaba para ella, limpiaba para ella, la protegía, incluso había noches, de esas claras en las que se ve el cielo limpio, que intentaba dibujar nuevas constelaciones para la Princesa. No había nada que le hiciera sentir mejor, que complacerla. No se sabe cómo ocurrió, pero un buen día, la Torre, cansada de vivir solo para la Princesa, comenzó a soñar con ser libre, de abandonar aquel lugar lleno tan sólo de princesa y buscar un futuro mejor lejos de ella. Intentó caminar, huir de allí, y sin poder dar un paso, se dio cuenta entonces, quien era el verdadero prisionero de esta historia…

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Luciérnagas

Es en la completa oscuridad donde mejor se ve la Luz. Cuando piensas que todo está perdido, que la vida no te da un respiro y que todo se vuelve contra ti; cuando se acumulan los desastres y crecen los problemas, cuando hasta respirar duele y la salida la cerraron a cal y canto, suele suceder, que aparece algo o alguien, “que te rescata del naufragio». Cuando menos lo esperas es cuando suceden las cosas. No va a dejarte la vida sin aire, aunque a veces te corte la respiración, ni va el mundo a expulsarte de tu casa por mucho que achuche. Siempre va a haber un techo, alguien que se preocupe por ti, aquellos que jamás te dejarán caer. Me sobra luz, resplandor incombustible que prende la llama de otros, de todos aquellos que la necesiten. Hagamos una cadena de “faroles», convirtiendo lo excepcional en cotidiano, haciendo de nuestro alrededor algo mejor, tratando de crear así, vidas mejores que se conecten entre ellas, tratando de cambiar conciencias y mejorar a las personas. Empecemos por algo insignificante, por nosotros mismos, y contagiemos a los demás, engrandeciendo nuestra vida y la de los otros. Brillemos, en el infinito, iluminando la oscuridad, como luciérnagas…

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Comprensión

Está bien eso de escuchar a los demás. Así dejas de oírte a ti mismo por un rato y acallas los monólogos interiores que se repiten sin descanso, buscando darte la razón siempre. Y es que dialogar se está poniendo de moda aunque después de esa interesante conversación de cualquier cosa que cambie el mundo y sus alrededores, vuelvas a la monotonía de tus pensamientos para dejar todo como estaba. Quizás, si nos cuestionáramos más, poniendo en tela de juicio aquello que nos dicen, sembrando de dudas toda certeza y tratásemos de buscar nuevas respuestas a todo lo que nos plantean, lograríamos cambiar algo. Pero seguimos hablando sin descanso, soltando nuestro discurso y dejando soltar al otro el suyo, un intercambio de palabras que no conducen a ningún lado mientras no hagamos hueco a la comprensión y tratemos de ponernos en el lado de la otra persona, ya sea para estar o no de acuerdo con él, pero intentar entender sus razones. Y es que hay algunos ejercicios de comprensión que no se estudian en clase pero sirven para subir nota…

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