Lejos

Quedaba la distancia tan lejana, que tuvimos que hacerla en avión. Viajes de ida y vuelta, al comenzar y terminar la semana, aunque a estas alturas, ya no tengo claro cuál es cuál. Porque entre tanto kilómetro pierde uno la noción de cuando voy o cuando vengo. Bordeamos la costa, iluminada de noche, mostrando su contorno, desnudo, sin vergüenza, cómo la bailarina que seduce pero no se deja tocar. Casi invisible de día. Casi, porque si te fijas bien, podrás ver la misma silueta, pero esta vez sin artificios que enmascaren la sensual belleza de la tierra que plasman los mapas. Una tierra que se hace pequeña bajo la altitud de nuestro vuelo, que avanza suspendido en el cielo, colgado del aire que lo transporta de Granada y Barcelona y viceversa. Aviones cargados de pasajeros e historias. Trabajo, placer, o ambas cosas a la vez, todas incluidas en la ambigüedad de los vuelos que surcan el cielo. Y el cielo, infinito hacia arriba, frontera con el horizonte hacia abajo. Y cuánto más bajo, menos infinito. Llegamos a nuestro destino, aquí o allá, depende del día, pero allí, aún estando cómodo, no es aquí, y las cosas no huelen igual, no saben igual, no me siento igual. El viento no suena del mismo modo, el frío no hiela igual, por muy Pirineo que sea, ni tan siquiera la lluvia moja del mismo modo. No, Figueras no es Granada, y aquello queda tan lejos…

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Des(humanizados)

Llegó la evolución para mejorar la razas, y entre ellas, la humana. Nos atropelló el progreso, y subimos de nivel a pasos agigantados, dejando atrás a los demás animales y nos hicimos los dueños del mundo. Creímos que el progreso nos haría mejores, o por lo menos, de eso se trataba. Pero los años, y ese mismo paso del tiempo que nos hizo mejorar, trae consigo retrocesos. En un tiempo en el que estamos más conectados que nunca, nos comunicamos menos. La relaciones interpersonales, han quedado relevadas a un segundo plano. Nos cuesta mantener una conversación cara a cara, mirando a los ojos, y preferimos un móvil para hablar. Audios que surcan el aire cuando podríamos tomar un café juntos y sentir cerca nuestras presencias. La gente nos molesta, las personas nos estorban, y  preferimos tener mascotas para suplir las carencias afectivas que nos producen esta desconexión humana. Hemos retrocedido tanto en nuestra evolución, que nos preocupamos más de perros y gatos, que del vecino. Ahora duermen en nuestras camas, se tumban en nuestro sofá, y los cuidamos como a nuestros hijos. Les damos el papel de humanos, mientras deshumanizamos a la personas. Les damos todas las atenciones. Todas las que no damos a la gente que nos rodean. No, no es que no me gusten los animales, pero me gustan y me preocupan más las personas. Ahora que un estudio revela que en los hogares españoles se tienen más mascotas que hijos, quizás sería el momento de hacernos reflexionar, si de verdad hemos evolucionado…

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La caja de zapatos

No me dan miedo las alturas. Por eso subí seguro a la escalera para limpiar los altillos del armario y las cajas que reposan sobre él. La capa de polvo que descansaba sobre ellas, no era proporcional al tiempo que llevaba sin limpiarlas, porque no hacía tanto que la había limpiado, creo… Tal vez lo proporcional es el olvido y las pocas ganas de hacer algunas cosas. Y entre polvo, alturas y olvido, la encontré. Una caja de zapatos, sin zapatos. No recuerdo cuándo la puse ahí, pero estaba, con mi diario por bandera, aquel que comencé a escribir cuando la madurez parecía que jamás llegaría. Nombres de chicas por doquier asaltando mis días. Ya era un enamoradizo sin remedio. Los días contados por mi puño y letra para que no se perdieran, quizás el germen de lo que hago ahora, tal vez por entonces con menos idea pero con la misma pasión. Y junto al diario, cartas, de las de sobre y sello, de aquellas que esperábamos con impaciencia, que leíamos, y olíamos, porque olían a la colonia que poníamos junto a las palabras. Cartas lejanas, o cercanas, de novias y amigas. Confesiones de noches sin dormir, junto a postales y fotos. Declaraciones de amor escondidas bajo la máscara de la amistad y amores confesos de novias que dejaron se serlo. La vida y los recuerdos de un adolescente que alcanzó aquella madurez que veía tan lejana. Y todo guardado en esa caja de zapatos. Que poco ocupa la vida…

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Los resucitados

Todo comienza con la Luna, la primera Luna llena de primavera. Tras ella, una cuenta atrás que acabará en estruendo. Estruendo de rabia contenida durante tantos años, por lo que deseábamos hacer y lo que nos permitían. Pero este año, el Niño vuelve a las calles. Vuelve a llenar de vida la casa del mayordomo, que será refugio de todos los fieles que queremos ver a la Madre y su hijo. Vuelve a iluminarse la noche del sábado, preludio de la mañana de domingo. Bengalas  alumbrando el trayecto de vuelta, luz artificial para que no se pierda y den vida a una noche cómplice del traslado. Estallarán los castillos a su paso, entre vítores y lágrimas, y romperán a llorar los corazones después de tanto tiempo esperando ese momento. Arderá de nuevo el traidor, siempre el mismo, siempre Judas, pero esta vez deseoso de hacerlo, porque hasta para él, este tiempo ha sido largo. Amanecerá sin remedio, y sin lluvia;  con ganas, con pañuelos, con petardos entre las manos. Repicaran las campanas, resonaran los gritos, estallará el suelo y salpicaran los chinos. Reventaremos de ilusión hasta el último de los petardos entre sonrisas y lágrimas, mientras el Niño y su madre, vuelven a reverenciarse. Porque a pesar del tiempo, no hemos olvidado la tradición. Al contrario, ha crecido en nosotros cómo una llama incesante, esperando el momento de volver a prenderla, acumulando toda la pasión y condensándola en este próximo Domingo. Ya resuenan a los lejos la ilusión de todos los que hemos estado callados este tiempo, y que ahora podemos volver a la vida, como hace nuestro Niño, año tras año…

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