La espera

Lunes. Otro más. El kárate de mi hijo, y su ilusión por venir y no faltar, me hacen traerlo. Un barrio de la capital no muy alejado de nuestro pueblo, pero tan diferente a lo que vivimos a diario. Entra al gimnasio durante una hora, y esa hora, es mi momento de relax.

 A veces lo ocupo saliendo a correr. Entonces me acoge la Vega. La surco enfundado en zapatillas, observando la tierra aún sin edificar, sintiendo el viento en mi cara, que se lleva el estrés, el cansancio, y a veces, hasta los pensamientos. Los sentimientos ya es más complicado arrancarlos con aire, por eso van conmigo allá donde vaya.

 Otras veces, me siento en un bar, libro en mano, tomando un café a la vez que tejo la historia que leo, sacando ideas para mis propios escritos, y simplemente, maravillándome con el relato que se despliega ante mi. No es raro que no baste un solo café, igual que no es suficiente esa hora, para terminar de leer.

Y otras me siento en el coche, cerca del parque, viendo pasar a la gente e intentando imaginar sus vidas. Los escucho hablar, pasear, patinar, jugar con sus perros, o simplemente sentarse en los bancos a relajarse como yo hago. Ellos no tienen hijos en el kárate, o sí, vete tú a saber. Porque aun no he conseguido averiguar nada de sus vidas y ya ha pasado media hora de esta espera…

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Y ocurrió así…

No era un concierto más. Traía consigo el regreso de muchas cosas. La casi normalidad, los aforos completos, escuchar música de pie, las ganas de saltar, de volver a vibrar, de desenfrenar las ganas, y como no, volver a verlos después de la última vez, que por caprichos del destino, fue justo aquí mismo, en La Industrial Copera, hace más de año y medio. Con León Benavente nos confinaron y con León Benavente, regresamos. Por eso no era un concierto más, ni lo fue.

Bajo la atenta mirada del reloj parado aquel día, arrancaron con Cuatro Monos, carta de presentación de ellos mismos y declaración de intenciones de lo que había por venir. Ritmo lento-medio para abrir boca, arropado por la guitarra casi punk y una batería sosteniendo todo el espectáculo. Repasaron casi al completo su último trabajo, y casi nos volvimos locos, intercalando temas de sus anteriores trabajos, encajando todo, con certera maestría. No eran canciones sueltas elegidas al azar, fue una historia narrada entre canciones que todos conocíamos, y que tarareamos animados por una banda que creó un espectáculo de luces y sonido, dónde primaron los sentimientos de aquellos que tocaron y los que tuvimos la suerte de verlos. Una comunión perfecta con un denominador común: las ganas.

Sobre el escenario, Abraham lo dio todo. Con sus poses calculadas y su característica voz cantó, narró y recitó, las letras de unas canciones, a las que arrancó todo su significado. “Mano de santo”, “Gloria”, “La piedra que flota” “Niño futuro”… un recorrido que fue in crescendo, culminando con “Ser brigada”, himno, y salto y seña de la banda y sus seguidores. Aquello fue un homenaje a la música y sus artistas. Y aunque el reloj siguió parado, nuestro corazón, volvió a latir…

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Cuatro monos

Era inevitable.

Regresar al pasado en el presente y retomar la vida, tal y como la conocimos. Cruzar la frontera de los confinamientos y abrazar la calle y sus gentes. Volver a cantar porque sí, sin más pretensiones que agradecer a la vida que aún nos tenga entre sus brazos, que no es poco, y disfrutar del sonido en directo, de manos de sus creadores. Por eso, era inevitable que volvieran los conciertos y festivales a tomar las ciudades, a fusionar música, luces e ilusiones, en un momento fugaz, en una actuación inolvidable, en una felicidad indescriptible.

Y era inevitable, que empezáramos dónde acabamos. Mismo sitio, mismo concierto, casi la misma gente. Con León Benavente nos encerraron, y con ellos, volvemos a la libertad. Cambiamos sábado por viernes esta vez, pero haremos el mismo recorrido: Camping y Copera. Volveremos a ver a estos Cuatro Monos “que saben rugir”, alentando a sus fieles para que no dejen de saltar. No habrá lugar para el recuerdo, mientras coreamos sus letras, menos aún para la tristeza, y entre cerveza y cerveza, volveremos a sentir la fortuna de estar allí, acompañados de nosotros. Y ahora que pasamos lo que pasamos, estos, algo más de cuatro monos, están dispuestos a disfrutar de la vida como se merece. Por si las moscas…

PD: No hubo silencio que acallara la música, ni confinamiento que apagara nuestras ganas. Tan sólo fue un inciso, un descanso obligado del que hemos sacado partido. Volvamos a disfrutar como merecemos.

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