La gota

La constante cascada de agua que escupe el grifo y una bañera dispuesta a contener y no dejar escapar ni una sola gota. Sonaba Depedro mientras el nivel del agua subía tanto como mis ganas de sumergirme en ella, donde trataría de ahogar un lunes cargado de estrés. No conoce el agua limites, ni se avergüenza cuando la hacen suya. Maleable y transparente me acurrucó y sentí como se adhería a mi piel, como los tatoos que me visten, llevándome con ella allí donde nacen las emociones. Mis ojos se cerraron despertando aún mas el resto de sentidos. Comencé a navegar entre recuerdos, siendo consciente del momento en el que encontraba y había una palabra que definía lo que sentía, lo que siento de un tiempo a esta parte: Felicidad. Repasé mentalmente el camino recorrido, los pasos que me habían llevado a ese estado descubriendo con ellos todos los fracasos y errores, cada traspiés dado y cada derrota. La felicidad no es algo que regalan. Me sentí entonces orgulloso de las decisiones tomadas, dolorosas pero acertadas. Recordé a todas esas personas que han formado parte de mi vida y comprendí entonces el significado de su paso por ella. Ausencias, abandonos, presencias y retornos. Todas tienen su valor.
Sentí paz, tranquilidad, el sosiego de quién recoge sus frutos y la fortaleza de aquel que es feliz con lo que tiene sin renunciar a mantenerlo. Reflejaba el agua aquella paz. Inmóvil, como yo, descansando sobre mi cuerpo ávida de cualquier pequeño movimiento para dibujar infinitas ondas en la superficie de su piel. No se cuanto tiempo transcurrió, pero al abrir los ojos, vi aquella gota, agarrada a la boca del grifo, haciendo malabares para no caer sobre el mar artificial de la bañera y desaparecer entre tanta agua acumulada. Era diferente, única, la última. Supongo que se sentía feliz, como yo, y retando al tiempo, se mantenía firme para no caer.
Salí de la bañera, desnudo, relajado, sonriendo. Y la gota, con el resto del agua y los recuerdos, huyó por el desagüe..

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Historias de cobardes

En la retaguardia, a la espera de noticias, pero sin abandonar. No tengo porque dar explicaciones y mucho menos justificarme ante nadie, y conforme pasan los años, menos aún. Con el tiempo aprendes a aceptar que estamos donde estamos por las decisiones que hemos ido tomando y todos esos “Y si..??” que nos asaltan, no tienen ninguna validez, tan sólo dar rienda suelta a un probable presente que jamás se cumplirá. Es lo que ocurre cuando mezclamos anhelos e imaginación, que nos da por soñar otros escenarios donde representar la obra de nuestra vida. Así nos transformamos en héroes, capaces de decir lo que nuestra boca jamás pronunció, atando con nuestras palabras a la persona que perdimos, haciendo lo imposible para que no huyera y así pudiera elegir nuestra compañía con total libertad. Ahí somos invencibles, indoloros, inalterables a pesar de los pesares, e inmortalmente jóvenes. Pero has de saber, que precisamente, nuestras decisiones de cobardes, nos han enseñado todo lo que ahora sabemos. Dejar escapar, soltar, callar, resignarse, rendirse, todas y cada una de estas acciones, nos han hecho fuertes. No pierde el que no arriesga, pero tampoco gana. Y ahora que conocemos las razones, ahora que sabemos los porqués y nos importa sólo nuestra opinión, nos damos cuenta que todas esas historias eran más de valientes, que de cobardes…
A los luchan siempre, ganen o pierdan

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Daños trágicos

Era cierto eso de los pañuelos usados, aunque no lo fuera tanto eso de que yo no entraba en ese grupo. La gente suele mentirse cuando dice que busca algo en concreto y en realidad le gusta lo contrario. Trata de encontrar algo diferente y cuando lo tiene delante de sus narices sale corriendo y regresa a los lugares de siempre, donde volverá a toparse con lo mismo. Entonces culpará al destino, a la vida, a su mala suerte, porque no le llega lo bueno, como si se hubiera olvidado de él o de ella. Es mejor dejar nuestra responsabilidad en manos de algo intangible que hacernos cargo de nuestros errores. Se pudiera pensar que es cuestión de juventud, pero no es la primera vez. Las huidas no tienen edad. Es ahí cuando aparecen las excusas de mercadillo, demasiado baratas para ser creídas, que, aunque hagamos como que nos las tragamos, en el fondo todos sabemos que no es así. Porque los detalles no pueden competir con las marcas de dientes en la piel, señalando un territorio que por un tiempo quisiste sólo para ti y del que ahora huyes, quien sabe, si porque encontraste otro nuevo. Tampoco pueden competir con unos celos escondidos tras el “ten cuidado” cuando sales, ni con las notas en la nevera, recordatorio para el olvido de tu presencia allí. No, gustar no equivale a amar, pero tampoco hagamos del sexo algo frío. Así que si buscas algo diferente, no corras cuando lo encuentres porque pasarás de ser el primero de lista a ser uno más de ella. Pero no pasa nada, aún quedan Domingos por delante y la vida continúa, porque ni los daños han sido tantos ni tan trágicos…
A quienes piden hacer las cosas bien. Empecemos por uno mismo

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