Nunca te canses de oír

Acabamos como acaban los conciertos, con la luna como testigo, repletos de satisfacción y con el deseo de más, de mucho más, de repetir lo que durante tanto tiempo se nos negó. Pero habíamos empezado horas antes, allí dónde la hospitalidad se hace carne, y la fiesta cobra su significado. Con una barra por bandera, la música desplegó sus alas, convirtiendo una tarde cualquiera, en inolvidable. Unas manos expertas, fueron regalando canciones sin cesar, colándose entre las copas que siempre estaban llenas. Cristales llenos de contenido, que fueron despertando nuestras ganas de seguir escuchando ese Indie, que tanto nos da. Y cargados de euforia, llegamos al Cortijo, y vimos como se obró El Milagro. Retornaron las guitarras, asaltando el silencio que tanto tiempo fue, cubriendo aquel descampado de música, de nuevo. Se notaba que había ganas, sobre, y frente el escenario. Volvieron los puños al aire, los coros al cielo, y la cerveza a brotar. Y amarrados a nuestras sillas, coreamos cada una de sus canciones, devolviendo a la vida unas gargantas que parecían apagadas. Repasaron antiguas y nuevas, himnos reconocibles que nos abrieron en canal y deseamos que aquel concierto no tuviera fin. Y volveremos, a verlos, a Viva Suecia y a otros, porque mientras no nos cansemos de oír, seguirá viva la música…

PD: A Choco, Ana, Gema y Amanda, abanderados del retorno.

Leer Más

Sábados

Lunes, recuerdos… Se amontonan las ideas en mi cabeza, tratando de hilarlas para que cobren sentido, y conseguir con ellas, que el olvido no se imponga.

Sábado. Despertamos antes que el sol, dispuestos a subir nuestra Sierra, camino de los Lavaderos de la Reina, buscando en ellos, la belleza del deshielo. Paso a paso, ascendimos lomas y picos, dejándonos caer hacia los valles que se escondían tras ellos, resbalando por neveros casi perpetuos y pisando suelos empapados, que lentamente, y con la incesante ayuda de hielo derretido y del tiempo, se transformaran en pequeños ríos, transportando el agua, que no hace tanto tiempo, fue nieve. La naturaleza había marcado aquel lugar, regándolo con el sonido continuo del agua. Pequeños riachuelos aquí y allá, en busca de una desembocadura mayor, y cascadas que rompían un silencio, surcado por el entrometido viento, que borra todo rastro de tranquilidad. La paz de la naturaleza nos envolvió, y entonces apareciste tú…

Sábado. Nerviosismo y miedo aupados a la Honda, junto a la ilusión del primer viaje en moto. Me amarré a tú cintura, seguro de que agarrado a ti, nada malo podría suceder. Nos esperaba el Veleta, meta de nuestro viaje. Serpenteábamos al ritmo de la carretera, escoltados por roca y pinos, cada más cerca, cada vez más alto, agrandando mi amor por ti, a cada metro que subíamos. No había nadie como mi padre. Eras mi ídolo, un casi Dios, que me llevó a la cumbre Nevada, dónde casi tocamos el cielo, allí dónde los deseos se podían cumplir. Quién imaginaba entonces, lo que había de venir…

Sábado. Comimos con mamá, y tu silencio de días, nos arrancó un pellizco en el estómago. De aquel día recuerdo mi enfado hacia ti. Por destrozar el pedestal en el que te había puesto, por demostrarme incasablemente que yo estaba equivocado, cuando ponía la más mínima esperanza en ti. La destrozabas sin remordimientos, desatando en mí tormentas de rencor y de odio, alentando deseos malignos para ti, sin tener que ascender a ninguna cumbre. Ya no protegía tanto tu regazo, y la magia que despertabas en tus hijos, no surtía efecto.  Recuerdo que subí con desgana, pero protegiendo al mediano. Si había de encontrarte alguien, debía ser yo. Y te encontré…

Y te volví a encontrar el Sábado, de nuevo en las cumbres, entre la belleza de la Sierra, esa que tan bien conocías y tanto amabas. Te encontré entre los sentimientos que despertaron en el ascenso, en tu recuerdo, en el paisaje, incluso en el silencio y en la tranquilidad de la soledad que busqué, cuando nadie miraba. Y te encontré, en paz, sin odio ya, con el único deseo de que hayas encontrado lo que buscabas. Y espero encontrarte una mil veces, entre la música, en los libros, en las lecciones, pero nunca más, como te encontré aquel sábado…

Leer Más

El olvido que seremos

Felicidades otro año más, papá. No estoy seguro de cuántos te hubieran caído, pero si sé, que hubieras dado lo que fuera por cumplirlos. Por aquí todo sigue igual, incluido lo extraño de los años, que parecieran inmóviles, y en realidad no dejan de avanzar. Evoluciona el mundo, y nosotros, aunque no seamos conscientes, pero en este año que ha pasado, hemos sobrevivido a una pandemia, que nos mantuvo confinados, como a ti, pero con la diferencia de que estamos regresando a nuestras vidas lentamente, y la tuya jamás volverá. Esperábamos ser mejores tras este tiempo, haber aprendido a ser más humanos, a ayudarnos más, escuchar y tener paciencia, pero mucho me temo que no es así. Incluso hemos empeorado, me atrevería a decir. Bastaría con que escucharas a nuestros políticos para saber, que seguimos en guerra civil, esta vez sin armas, en este bendito país. Partió en tu busca Alberto Cortez, flotando sobre su música, dejándome tu  recuerdo en cada canción, nostalgia contenida de domingos ausentes de ti. Siempre se van los mejores. La familia sigue creciendo, tu familia, porque siempre serás parte de ella; no en número, pero aquellos nietos pequeñitos que dejaste, son ya adolescentes que apuntan alto, y el más pequeño, va por el mismo camino. Y yo, bueno… encontré otro trabajo, sigo siendo la misma persona nerviosa que era, y en cuestiones de mujeres, ya sabes, soy como Clodomiro, me defiendo panza arriba. Escribí mi primer libro. Estoy seguro que te hubiera encantado leerlo, aunque alguna pega le hubieras puesto. Supongo que seguiría sin cumplir tus expectativas, aunque sé que estarías orgulloso de mi. Porqué tal vez no fui el hijo que esperabas que fuera, pero te aseguro, que te quise como el mejor de los hijos. Y aquí sigo, recordándote año tras año, porque mientras yo siga vivo, tu no serás jamás, ese olvido, que en algún momento, todos seremos…

Leer Más

Parkour

Miro el paisaje, calculando cómo lo atravesaré, imaginando cada valle, cada montaña, cada obstáculo que deberé salvar, y midiendo milimétricamente, el esfuerzo que tendré que hacer para llegar a mi objetivo. Respiro hondo, hinchando mis pulmones de ilusión, de ganas, cogiendo todo el aire que puedo, mientras froto mis manos de deseo y de reto. Y ahí vamos…
Empiezo por lo más bajo. A tus pies comienza todo. Rozo con mis labios unos dedos pequeños, mientras mis manos rozan tu empeine, buscando un lugar donde asirme, y así poder trepar al siguiente escalón. Esas son tus piernas, cortitas pero fuertes, fruto del esfuerzo diario. Doloridas pero incansables, las escalo lentamente, midiendo cada uno de mis tactos, para no dañarlas más, pero trazando un avance hacia arriba. Me apoyo en ellas mientras me agarro con fuerza a tu cintura, desde donde veo la infinita belleza que me espera aun más arriba. Busco recovecos en cada pliegue de tu piel, para no caer, y porqué no decirlo, para sentir la belleza que esconden. Me aupo, otro tanto más, y ruedo por torso, sintiendo su esponjosidad, y allí quisiera quedarme para siempre, sino fuera porque quiero seguir subiendo. Continúo, llegando a tus montañas. Me siento en ellas, a contemplarlas, y ver el acantilado que dejé bajo ellas, allí donde rompen las aguas de mi deseo. Me recuesto en ellas, cálidas y acogedoras, robustas y preciosas. Las recorro sin miedo, sin pudor, sabiendo que después de ellas, sólo queda el cielo…

Leer Más