Santos

La carrera de relevos estaba servida un año más. La secuencia de días dejaba un sendero lleno de celebraciones, dónde detrás de uno, llegaba el otro, y tras este, el siguiente. Dieron las 00.00h correspondientes a cada uno trayendo consigo, su momento. Y con él, la cascada de felicitaciones de aquí y de allá, de allegados y de despistados, junto con el silencio de algunos, sorprendente y esperado a la vez; tanto, como los inesperados y espontáneos, que dan la medida del tiempo que pasamos en sus cabezas y corazones. Siempre 24, 25 y 26. Siempre Julio. Siempre Cristina, Santiago y Ana y Joaquín. Pesan las tradiciones tanto como los recuerdos, tanto como el tiempo, tanto como nuestras decisiones. Quizás por eso, seguimos celebrando nuestro santo, con ganas e ilusión, a pesar del tiempo. Porque como buena decisión, decidimos seguir con la tradición, y no perder la ilusión. Eso seria de viejos, y a nosotros aun nos queda mucho. Por eso, y porque nos gusta la fiesta. Así que Cristinas y Anas, no olvidéis pagad una ronda cuando nos veamos, que yo pagaré la mía. Que alargamos la vida, a cada santo que pasa. La vivida, claro, que la que está por venir, se me antoja corta. Por eso, dejad las excusas para otra ocasión que se avecina celebración, y a ver quién se atreve a decirnos entonces, que somos unos santos.

PD: A Mis Cristinas y Anas, santas dónde las haya…

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Quién lo iba a decir

Quién iba a pensar que tan al sur, haría tanto fresquito. Llegamos ganando una hora, tiempo extra para nuestra escapada, con la ilusión de ver lo habría de ser nuestro refugio por unos días, nuestro rincón exquisito, alejado de todos y aupado en nuestra privacidad. No fue así, o eso pareció al principio, porque quién lo iba a decir, la sorpresa de todos en forma de desilusión, se transformó conforme pasaban los minutos, en alegría contenida. Supo nuestro anfitrión darle la vuelta a la situación, abriéndonos las puertas de su casa y ofreciéndonos todo lo que tenía, para que nuestros días allí, y sobre todo noches, fueran de lo más divertido. Convirtió su patio en nuestro campo base, al que regresamos después de visitar Faro, al que atravesamos en patinete, surcando sus adoquines, mientras nuestros cuerpos temblaban sin remedio. Cataplanas, arroces y pescados para alimentarnos en sus restaurantes, y cerveza y vino para saciar la sed. Y al caer las tardes, regresábamos a nuestro cuartel, dispuestos a jugar a las cartas, beber unas copas que por allí no saben poner, y escuchar una y otra vez a nuestro anfitrión, que quién lo iba a decir, podría pasar por marroquino, aunque no lo fuera. Con la noche llegaba el fresquito, sí, el fresquito, que nos helaba los pies, y enfriaba el ánimo. Platos de paletilla recién cortada y otras viandas no dejaban de pasar delante de nuestras narices, y el vodka en vaso pequeño fueron las estrellas de la noches, noches que se alargaron hasta lo inimaginable, trayendo consigo ángeles y algún que otro demonio. Quizás fue fruto del alcohol, pero a mi me pareció real. Lo que empezó mal, acabó muy bien, como en las películas. Allí se concentraron los deseos de todos los años y lo inimaginable se fundió con lo real. Y descubrimos, quién lo iba a decir, que el inframundo no es tan malo como lo pintan…

PD: A mis Pellejeros, porque sin ellos, si es verdad que nada sería posible.

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Faro(s)

Ahora sí. Ahora si llegó la verdadera normalidad. La de restringir restricciones, la de llevar los bolsillos libres de mascarillas y la cara también, y con ello, volver a mostrar nuestros rostros a los demás, soltar los besos acumulados, los abrazos contenidos y las sonrisas maniatadas. Ya podemos sentarnos en el bar, cerveza en mano, sin otra preocupación que no sea la de elegir la tapa que queremos. Ahora si volvemos a tener otro viaje de Pellejeros como los de antaño. Y aquí estamos, un poquito más lejos que el año pasado, pero con las mismas ganas e ilusión, que todos los años. Nos ha acogido Faro, sur de otro país, contenido en nuestra misma tierra, tan parecido a nosotros y a la vez tan distinto. Llegamos juntos, a lomos de las mismas 4 ruedas, sin más planes que el de volver a estar juntos unos días y disfrutar de la compañía de este grupo de personas, que año tras año, y ya van 17, se reúnen para mantener viva una tradición, y aunque este año haya habido más problemas de los esperados, los jueves han seguido siendo ese “faro” bisemanal dónde acercarnos a descubrir “faroles” y envíos. Primavera, verano, otoño e invierno. Las estaciones nos ven pasar y ahí seguimos, ganando campeonatos, a jóvenes y viejos, porque nosotros estamos justo en medio, quizás por poco tiempo, vete tú a saber, porque aunque nuestro rostro refleje otra cosa, la ilusión que mostramos por cada cosa que hacemos, la pasión que imprimimos a nuestras vidas, nos rejuvenece. Quizás por eso, nuestros nombres han quedado grabados para siempre junto a nuestro escudo en la mesa más grande que nadie vio jamás. Grande por su tamaño y grande por lo que representa. Porque pertenecer a este grupo es mucho más que ser Pellejeros. La unión que hemos forjado a través de todo este tiempo es envidiable. Y ni ese mismo tiempo ni la distancia puede con ella. Hemos sido faros en la época más oscura, alumbrando los caminos de la soledad para que ninguno se sintiera solo en la distancia, no dejando que el olvido nos arrastrase. Y seguimos siendo faros en los buenos momentos. Hombros dónde reír y llorar, porque pase lo que pase y estemos dónde estemos, siempre tendremos un amigo en la reserva dispuesto a echar una mano en cuanto lo necesitemos, porque para eso somos Pellejeros.

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