Alargamos el viaje un día más para tratar de sacar todo el jugo a una tierra que nos ha enamorado a medida que íbamos conociéndola cada día más. Nos ha quedado mucho por descubrir y por probar, pero pudimos viajar a Tui para subir a la torre más alta de su catedral, residencia eterna de multitud de Santos, y vigilante perenne del río y su paseo. Hemos cenado en Bayona, al cobijo de la noche, degustando a pie de mar, pulpo y otros manjares, difíciles de olvidar. Navegamos hasta Ons, isla paradisíaca donde nos rebozamos en sus arenas blancas e hicimos turismo entre las bateas de mejillones, conociendo su crianza, y degustándolos a bordo de un barco, en la misma mar. Has habido comidas y cenas inolvidables, vino, mucho vino, y todo, en un ambiente que poco tiene que ver con lo que imaginamos de Galicia, una tierra maravillosa en la que sus gentes, amables sin descanso, nos han hecho sentir como en casa. Pero como ocurre en los mejores sueños, toca despertar y volver a la realidad, y por eso andamos en dirección opuesta al amanecer, dando la espalda con tristeza, a una tierra que nos acogió por unos días, regresando a la nuestra, allí, al Sur. Y es así, como otro año, hemos vacacionado juntos, acogiéndome entre dos parejas, para hacerlas impares, haciéndome sentir uno más y dándome la oportunidad de escapar con ellos de una realidad, a la que volvemos sin más remedio…