Secretos

No debería contarlo, pero esta noche haré una excepción. Sólo os pediré que guardéis el secreto… Dormitaba el Ángel en su cama, preso de su prisa, rehén de su condición. Plegó sus alas y sus párpados, y recogió sus oraciones, dejando el perdón para otro día. Hoy tocaba descansar, dejar a un lado la justicia y dedicarse a la nada, que también lo merecía. Ya habría tiempo para la salvación y otras banalidades, que la carne se alimenta de carne, y el hambre conduce a la locura. Pendía de un hilo su espada, y aquel 24 de Junio, también la blancura que lo vestía. Suele ser la necesidad, excusa ineludible y perfecta para cometer pecados, y se dispuso a ello. Aprovechó que los mortales se entretenían en saltar hogueras, esquivando el fuego para no arder con él. Se escondió entre los millones de deseos que aquella noche inundaron los cielos sin saber qué la mayoría de ellos mantendrían su nombre eternamente, y se atrincheró tras la fiesta nocturna y la tradición anual de la noche más corta. Y ocurrió. Nadie se dio cuenta. Fue rápido, sigiloso, astuto. No hubo víctimas de renombre, ni daños que cuantificar, ni siquiera colaterales. Lo sé, os estáis preguntando que hizo. Pero ese es otro secreto que os contaré en la siguiente ocasión…

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Tarifa

Tumbado, bocarriba. Cirros surcando el cielo, pedazos de algodón blanco suspendidos del infinito azul. Sol, abrasador, iluminando la arena, convirtiéndola en oro fino y transparente que se cuela por cualquier recoveco al son del viento que la lleva de aquí para allá, en un baile egoísta y sin sentido. Aullido incesante de aire, que arrastra las palabras y su significado, a los hombres y sus cometas que se empeñan en surcar el mar y los cielos a la vez, a lomos de su tabla. Tú, a mi lado, con tus caricias furtivas, arrebatos de cariño para recordarme que estás, apoyo incondicional de alguien que se que me ama con mis luces y mis sombras. Osada y valiente, mostrándome una ciudad que te enamora, allí donde encuentras la paz, olvidando en sus calles estrechas, los porqués y sus respuestas. Jaima de paso, nuestro castillo de fin de semana, ese que tanto deseábamos y que tan pronto pasó. Acampamos la rutina y dimos paso al amor, más si cabe, y nos supo a poco, por eso juramos regresar…
PD: Gracias por mostrarme tu mundo y dejarme formar parte de él

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