Amanece frío, bajo los cartones que hacen de mantas y techo a la vez. Nunca fue buen lecho el suelo helado, tal vez por eso, se quejan tanto mis huesos, que duelen cada vez más de desamparo y abandono. Otro día más en la esquina de siempre, fortín desarmado, a la vista de todos, pero que nadie ve. Pido supervivencia y comida, porque sé, que el calor y el cariño está fuera de mi alcance, pero pocos se atreven a cruzar la frontera y dejar unas monedas que acallen su conciencia. Yo era uno de ellos, antes de volverme invisible, pero la vida y sus emboscadas, me arrastró fuera, expulsándome del paraíso, como a un Adán cualquiera. No cometí pecados, creo, si acaso, los que todos podemos cometer, pero me faltó la suerte que otros tienen, y se me negó el perdón. Ahora me hayo en la calle, mi hogar, a cielo abierto, sin techo pero con suelo, buscando la forma de volver, tratando de ser uno de ellos de nuevo. Pero el frío me trae una duda: seguir siendo el hombre invisible de manos heladas, o ser como ellos, calientes y sin corazón…