Mundos de colores y caos

Hace casi un año que crucé esa línea imaginaria llamada 50. La mitad del camino dicen. Ojalá, porque lo cierto es que esa cifra son más 2/3 que 1/2. Dejando cifras y matemáticas a parte, y ciñéndome estrictamente a mi estado anímico y físico solo puedo decir, que sí. Realmente me siento más cansado que no más viejo. Este bache del que todos hablan al tocar ese horizonte, existe, y aunque la amortiguación aún resiste, empiezan a chirriar algunas piezas del chasis. Nada grave, por ahora. Pero avanzo con una sonrisa en la boca, apretando los dientes, con esa seguridad que da la lejanía del barranco que dejas atrás y a la vez la incertidumbre del abismo al que nos acercamos. Pero que demonios, a mi edad, el miedo debería temerme, porque entre lo aprendido y que poco a poco sé dar la importancia justa a las cosas, la verdad es que a veces me la sopla todo un poco. Ya no hago cosas sin querer, estoy donde quiero estar, más importante aún, con quién quiero estar,; he aprendido a decir “no”, y lo mejor de todo, me voy conociendo de verdad. Ese caos que pensaba que era, soy yo. Así es. Soy yo. Me acepto tal cual soy. Mi mundo azul y mi mundo amarillo conviven en continua guerra, pero me encanta escucharlos discutir, buscando su sitio, su verdad. Un caos maravilloso que a fin de cuentas no es otra cosa que yo mismo.

Benditos 50.

PD: Gracias a Albert Espinosa por ser siempre inspiración.

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Brillando

Y cuando creíamos que estaba todo dicho en cuanto a conciertos y el espectáculo que representan, aparecen de nuevo León Benavente. Nuevo trabajo, misma calidad. Volvimos un año después a las profundidades de Caja Granada, repitiendo grupo, asaltando un teatro que se transforma en sala de música cada vez que un concierto llama a su puerta. Lleno para otra noche que se antojaba inolvidable. “Y ocurrió así…”

Comenzaron con el tema apertura de su “Nueva sinfonía sobre el caos”, “Úsame/tírame”, y a partir de ahí, y con un medido orden, nos fueron descubriendo todos y cada uno de los sencillos de su LP, intercalando magistralmente los temas más conocidos de sus anteriores trabajos. Sonaron potentes, quizás más guitarreros que en anteriores conciertos, pero sin que la batería perdiera protagonismo. Todo sostenido en una acústica increíble que los hizo sonar como los ángeles. Rock y electrónica en una comunión que pocos como ellos saben construir, y un juego de luces que hace crecer el espectáculo de forma exponencial. Blancos y negros, luces y sombras, y los colores justos para penetrar más aún en unas letras que cobran vida, en la boca y gestos de Abraham. Casi 2 horas de concierto que volaron sobre el disfrute y las sonrisas. Se fueron como llegaron, “brillando”.

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