Promesa

Cinco años atrás, el Chavarino aún lucia. Refugio deseado de unos primos más jóvenes, a orillas de la acequia y al borde de los maizales, nos sirvió entre velas y la noche, el frescor que desprende el campo. Pusimos sobre la mesa nuestras vidas, y nos guardamos los secretos los unos a los otros. Cerró nuestro cuartel de verano, y otro 9 de agosto y por causalidad, nos volvemos a juntar, la rubia, la pelirroja y yo. Mismo día, distinto lugar, alardeando de la felicidad con la que afrontamos nuestra madurez. Convertimos la acequia en mar y el maíz en arena, y sobre una toallas, hablamos de todo lo que se puede hablar y de lo que no también. Nos reímos de los dramas y de sus dramáticas consecuencias. Recordamos pretéritos imperfectos, cuando aún creíamos que eran presentes perfectos. Descubrimos que desde arriba todo se ve mejor. Recontamos amantes, sumando o restando en función de las ganas. Murmuramos cómo somormujos que algunas cosas ya no importan, y las que importan son las que nos mantienen vivos. Frungimos con la mente, aunque no os contaré con quien, ni cuánto, pero siempre es poco. Fotos y arrebatos, para dar aire a nuestros secretos, que intentaron huir para no ser descubiertos. Así se nos fue la tarde. Entre arrumacos y serenidad. La que te da la vida cuando casi has conseguido que sea pluscuamperfecta. Regresamos con la noche, con la duda de si, vestido o mono, y con la promesa de que cada 9 de agosto, como siempre y sin tarjeta, inventaremos cualquier excusa para juntarnos y certificar que los primos aún sonreímos.

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