Es la hora perfecta para hablar de amigos, y enemigos, porqué no.
Cuando niños, tal vez era el sentimiento más fuerte que teníamos hacía alguien, (la amistad) después de la familia, claro. Incluso lo anteponemos a esa familia, en ciertos momentos de euforia amiguil llegados a la pubertad. El refugio que fueron nuestros padres, lo cambiamos por los amigos, que se convierten entonces en confidentes y compinches. Todo el tiempo es poco para estar con ellos y creemos que esa amistad, será eterna. Pasan los años, crecemos y muchos de esos amigos, se van quedando en el camino. Desaparecen como nuestra juventud, manteniéndose a nuestro lado sólo unos pocos. Nos damos cuenta de nuevo con la madurez, del verdadero valor de la familia. Serán ellos los que siempre estarán ahí, junto a esos pocos amigos que aguantaron la embestidas del tiempo y sus problemas. Aparecerán nuevas personas en nuestro camino, conocidos con los que relacionarnos, pero muy pocos nos calaran. Para eso se necesita preocupación mutua, y no está la gente por preocuparse por los demás, mucho menos dar, y aún menos, estar.
Ha pasado por mi vida mucha gente. De todas las formas, de diferente calaña. Con la boca llena de promesas, mentiras a la larga; de grandes sonrisas y grandes discursos, escudos donde se escondían; seres cambiantes y amoldables con tal de conseguir su felicidad a costa de los demás, mentirosos y manipuladores. Todos quedaron atrás. Amores pasados, compañeros de trabajo y amigos finitos. Quizás fui yo el que defraudó. Quien sabe…
Fuera como fuera, lo cierto es que ahora sólo quedan los de siempre, los que estuvieron y los que estarán para toda la vida.