El mejor regalo

Fueron cayendo las primaveras, una tras otra, y sin darnos cuenta, llegaron hasta 16. Aquel renacuajo, pequeño e indefenso, le pudo a la muerte, y mejor aún, a la enfermedad, a la que dieron por eterna y tú le pusiste un fin. Año tras año, hiciste lo imposible, posible, dejando atrás todos los problemas para no ser feliz, y demostraste a todos, como se crece madurando, como se madura con humildad, como se es humilde con la inteligencia, y como se es inteligente con tesón. Eres fuerza de voluntad en estado puro. Eres ganas de mejorar en todo. Tienes ese “hambre invisible” que hace querer más, ser más. Eres alumno y aprendiz de maestro. Eres todo aquello que deseé que serías, pero que jamás te he impuesto. Porque eres sobre todo, personalidad. Adquirida y no copiada, aunque algunas veces nos parezcamos tanto. Pero eres tú, no necesitas que nadie te diga como debes ser. Has aprendido lo que está bien y lo que está mal, conformándote con lo que hay cuando toca, pero aspirando a más siempre que se pueda. Eres tierno, cariñoso, fuerte, friki y constante. La “pequeña gran revolución” dejo de ser pequeña, ya no recuerdo cuando, pero desde el día que llegaste, pasando por estos 16 años, y hasta el día que yo me vaya, serás el mejor regalo que jamás me hicieron…
PD: Ojalá no desaparezcan tus hoyuelos, mucho menos tu bondad. Y ojalá llegues a querer, como te queremos.
DE TUS PADRES, orgullosos del hijo que tenemos y de la persona en la que te has convertido.

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El día de los enamorados (la otra parte)

Mensaje saliente: “ven”.

Mi marido se fue pronto a trabajar. Era lunes, y como cada lunes, llegaría bien entrada la noche, por eso elegí los lunes para ser infiel. Aunque este lunes era especial, y seguro que llegaría antes para darme una sorpresa de enamorados, porque hoy era el día, y aun así, había tiempo de sobra y yo no sentía ningún remordimiento, o no más, que los de cualquier otro lunes. Lo que si sentía era ese cosquilleo que nacía en lo más profundo, provocado por el morbo de saber que no hacía lo correcto y que esto a la vez, despertaba aun más ganas en mi. Lo sé, egoísmo puro y duro. Amaba a mi marido, aunque no lo parezca, pero tenía la maldita necesidad de sentirme deseada y saciar estas ganas con otras personas que no fueran mi esposo.

Ya estaba más que excitada después de mandarle aquel mensaje. Una palabra de tres letras, tan simple, tan concisa, tan abierta a imaginar, tan desesperante, tan excitante y morbosa, que el sólo hecho, de imaginar lo que él imaginaba, arrancaba de mí, la parte más desvergonzada y sucia que latía en mi interior. Me calcé mis tacones más altos, me puse la lencería más lujuriosa y menos elegante que tenía, sintiéndome la más marrana de todas las mujeres. Me miré en el espejo. Mis pechos querían escapar de aquel sujetador, y mi culo, duro, estilizado fruto de los tacones, me hicieron sentirme bien con lo que veía, y aquel modelo tan banal, me hizo sentir una verdadera z…

Sonreí, sólo de pensar lo que le haría, lo que le dejaría hacer, y lo que no. No porque yo no quisiera, o no me gustase, porque me gustaba todo, y cuando digo todo, es todo, sino por castigarlo de alguna forma, cortando algunos de sus deseos. El morbo, siempre el morbo. Pensé en cómo me comería. Imaginé su lengua por mi clítoris, por mis labios, rebuscando el placer en cada pliegue. Ahí sería la primera vez que me correría, en su boca, preludio de todas las veces que luego vendrían. Fantaseé con su erección, en mi boca primero, aunque yo no lo dejaría correrse en ella, por el momento. Primer sufrimiento para él. Luego la imaginé entre mis pechos. Ya los habría sacado del sujetador y me los habría comido antes de meterla entre ellos. Tampoco lo dejaría terminar ahí. Barajaba tantos lugares dónde me gustaría que se terminara, pero tenía claro dónde quería realmente que lo hiciera…

Lo ataría, me ataría. Me mordería, lo arañaría, gemiríamos, gritaríamos, sudaríamos. El placer caería rendido a nuestros pies, y sucumbiríamos a nuestros deseos. Estaba mojada sólo de pensar en todo lo que nos esperaba. Mis dedos se deslizaron bajo el tanga, y noté la calor que desprendía y cómo excitada estaba. Y cuándo mis dedos estaban a punto de entrar, sonó el timbre. Había llegado el momento de dejar de imaginar…

Como había supuesto, mi marido llegó antes de tiempo. Puse cara de sorpresa, como sino lo hubiera visto venir, como si de verdad me hubiera sorprendido. Lo miré con cara de enamorada, porque realmente estoy enamorada de él, y a la vez, no dejaba de pensar en lo que había vuelto a hacer. Pobre de él si supiera la verdad…

Busqué un jarrón vacío, lo llené de agua, y metí el ramo de flores que me había regalado…

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El día de los enamorados

Mensaje entrante: “Ven”.

Sonrisa nerviosa y latidos acelerados. No estaba seguro de si podrían verse en un día como hoy, y es que los 14 de febreros, seguían siendo, además de comerciales, día del amor, estuvieras o no enamorado. Día extraordinario para hacer lo que se debería hacer a diario, y que apenas nadie hace. Mejor esforzarse un día, que 365. Total, esto es para siempre, casi siempre. Pero allí estaba el mensaje, “ven”, una llamada monosílaba al sexo que me encendió, activando mi deseo, mi imaginación y mi líbido. Imaginé que después de haber dejado a los niños en el colegio, habría vuelto a casa, despojándose del chándal y deportivas, y se habría enfundado aquel conjunto que le regalé hacía unas semanas. Corsé negro, con algunos encajes rematando algunas costuras, que realzaba sus pechos, grandes y duros, y definía aun más sus curvas, esas en las que me perdía sin remedio, cada vez que la miraba.

 Apenas quedaba media hora para poder salir, y esos 30 minutos, ya se me estaban haciendo eternos. Más aun, cuando recibí otro mensaje. Su foto, y ahí estaba, con el corsé, acompañado de aquellas medias y sus ligueros, y aupada en unos tacones que no había visto. Eran nuevos, comprados para ese día. Altos, de aguja, y con todo puesto, estaba más… apetitosa que nunca. Pareciera que el tiempo se había parado, y no llegaba el momento de ir en su busca. Un cosquilleo me atravesaba el cuerpo, preso de la impaciencia y desesperación. El deseo hacía de las suyas, y no me permitía dejar de mirar aquella foto. Iba de ella al monosílabo, en un movimiento cadente de ojos. Cuánto más miraba y leía, más me excitaba. Mi imaginación volaba, tratando de ver la película que habría de venir, imaginando cada detalle, cada embestida, cada mordisco, cada arañazo, cada gemido… rondaban por mi mente palabras sucias, insultos recurrentes, todo tipo de artimañas que alimentaban mi deseo.

Y llegó la hora. Salí con la prisa pausada del que esconde algo, y cree que lo van a descubrir. Fiché y fui en su busca. Y todo sucedió tal y como lo había imaginado. Tal vez mejor, no sabría decirlo, pero inolvidable, seguro. Acabamos, sin decirnos “te quiero”. No era el día para ello. Ella volvió a ponerse el chándal. Tenía que recoger a sus hijos y preparar la comida para su marido, y me recordó que a la vuelta, le comprara flores a mi mujer, que hoy era el día de los enamorados…

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Melacolic

Nos entretuvimos entre cervezas y charlas, y el tiempo voló a lomo de recuerdos y proyectos futuros. Pasó tan rápido que cuando nos quisimos dar cuenta, ya íbamos tarde, y cigarrillo en boca, cruzamos la calle siguiendo la brújula de la música. Sonaban ya los primeros acordes cuando traspasamos las puertas, y bajamos de planta con paso rápido, para no perdernos más. La gente ya bailaba y tarareaba sus canciones, mientras su voz , clara y concisa, embaucaba a todo aquel que la escuchaba. No había nadie que no se supiera sus letras, nadie que no bailara. Y sin pedir permiso nos unimos a todos los que allí estaban. No había canción que no mereciera ser grabada. Acordes aderezados con las palabras certeras para crear mensajes, descifrables y descriptibles, de esos que te llegan porque los entiendes, porque los sientes, aliñado todo con sonidos pegadizos, bailables, muy bailables, y potentes, nacidos de una garganta prodigiosa y envueltos en la personalidad que le infunde Sienna. Carne de su carne, creaciones de su cabeza, corazón y sentimientos. Estados de ánimo hechos canciones. Y fue corto, muy corto, o eso nos pareció. Supongo que es lo que tienen los buenos conciertos, que te resultan insuficientes y siempre quieres más. Anoche vimos un verdadero espectáculo, Melancolic incluido, y esta vez, no pasó frío…

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Gatos

Tarde, y ya es noche cerrada. Cubro el cuello con una braga, la cabeza con un gorro, y el cuerpo con mallas y camiseta térmica. Ajusto el frontal que ha de guiar mis pasos y alumbrar mi camino, y pongo en marcha mi cronómetro. Es hora de correr.

Empiezo despacito para calentar y coger ritmo, sacudiéndome el frío a cada zancada que doy. Y como en la vida, me siento más cómodo a medida que avanzo. Recorro el parque de un extremo a otro, y voy buscando la Vega, inhóspita, solitaria y fría en invierno, transitada, concurrida y refrescante en verano. Mi respiración coge ritmo, velocidad de crucero, marcando el paso de mis zancadas, un baile entre piernas y pulmones que me han de llevar y soportar varios kilómetros. Abandono el asfalto y toco tierra. Uno, uno, dos. Uno, uno, dos. Ritmo constante, y el sonido de mis pisadas sobre la tierra del campo. A mi izquierda, la parlanchina e iluminada autovía, que me acompaña con el murmullo constate de los coches que la pisan, e ilumina algunos rincones por los que corro. A mí derecha, la silenciosa y oscura Vega. Inmensos campos que alimentan mi tranquilidad y esa paz que encuentro cuando salgo a correr. Sobre mí, un cielo inmenso, infinito, oscuro sin luna, radiante con ella, seco sin nubes, húmedo con ellas.

Transpiro, pero ni el frío convierte ya mi sudor en más frío. Mi cuerpo se calienta, exhalando un vaho que me envuelve. Una pequeña pendiente me indica que en breve habré de girar a la derecha. Y vuelta al asfalto. Un camino a la vera del río, mitad acera y mitad carretera. Abandonado desde hace mucho, la carretera es un enjambre de baches, hondonadas provocadas por los mordiscos que el agua ha ido dando al asfalto, con el paso de los años. A mi izquierda ahora queda el río, silencioso, casi seco. Sólo el escucha el triste decrepitar de un pequeño hilo de agua, que sobrevive a duras penas.

En aquella oscuridad, mi frontal es mi faro, que me descubre dos pasos antes, lo que encontraré, dos pasos después. Se mueve al son de mi cabeza, alumbrando sólo lo necesario. Me cruzo con matorrales, que esquivo sin problema, y alumbro a lo lejos, más allá de los siguientes dos pasos, y entre la oscuridad, diamantes, pares de luces inertes, que se hacen más grandes a medida que me acerco. Algunas desaparecen, otras seguirán allí cuando llegue. Son gatos, valientes felinos que retan a la noche, al frío y la soledad, quizás esperando cazar algo, tal vez espiando a todo aquel que pase por allí. O a lo mejor aguardando el momento de saludarme, pero cuando no los vea…

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