No tienes que demostrar nada, tan sólo el respeto que se le supone a cualquiera y la educación correspondiente. Después obrarás como quieras, tomando tus propias decisiones y actuando en consecuencia, acorde con tus principios y con tus necesidades. Será entonces cuando aparezcan en escena las consecuencias, resultados ineludibles de las decisiones que tomamos. Envueltas por todo aquello que nos rodea y guiadas a partes iguales por el corazón y por la razón. Tan solo uno de ellos ganará esta batalla, y depende de quien lo haga, serás más o menos feliz. Pero es entonces cuando entra en juego el último invitado, aquel al que procuramos omitir por ser un incordio, porque nos hace dudar de todo lo que hacemos, la conciencia. Somos desconfiados, sospechando de todo aquello a lo que no estamos acostumbrados, porque creímos que no existía, y una vez delante nuestra, nos negamos a aceptarlo, tal vez porque nuestra conciencia no nos lo permita al no haber un porque. Pero tal vez, el porque, sea la conciencia ajena, esa que quiere hacer de su mundo algo mejor, y trabaja a diario para conseguirlo. Tal vez sea una forma de ir a dormir en paz, sabiendo que alguien es un poco más feliz gracias a ti. O tal vez sea una forma extraña de egoísmo, y necesite ver feliz a los demás, para sentirse feliz el mismo. Conciencias, que más da. Lo importante es que vayan en la dirección correcta, que no pesen, que no lastren. Que hagan a uno mejor, y que ayuden a transformar este mundo, tan falto de conciencia…