Bajo las estrellas

Amanecía la noche y ya estábamos en pie. Saludamos las primeras luces, y partimos al alba, que se fue deshaciendo conforme nos acercábamos a nuestro destino. Veleta inmóvil, coronando nuestra Graná, desnudo en esta estación, sin vergüenza, sin nieve. Lo vimos desde abajo, rodeando su perfil, buscando otras rutas menos salvajes hacia el Mulhacén. Portábamos varios días a nuestras espaldas. Comida y alojamiento en una mochila, junto al reto y la ilusión. Subidas y bajadas, pasos y tropezones, y horas de camino, atravesando senderos y veredas, envueltos en un aura de polvo y sol. Cadenas que nos mantenían amarrados al camino, para no caer, para no desfallecer, mientras de nuestras espaldas, pendía el miedo. Pero no pudo con nosotros y seguimos adelante, hasta trepar la última cumbre que nos daría el pasaporte para descender a la Laguna de la Mosca. Allí, bajo el pico más alto, reposaba plácida el agua cristalina, esperando nuestra llegada, aguardando a los caminantes para que la pudiéramos observar, pero sin tocar. Descansamos nuestras espaldas, dejando al pie de la laguna, fatigas y satisfacciones. Pasamos la tarde haciéndole compañía, rompiendo con nuestras charlas, el murmullo de su agua, la quietud del silencio, la paz que allí se respiraba. Y sin despedirse, se fue yendo el día, sin prisa, sin pausa, atardeciendo inevitablemente. Se resistía el sol a irse, agarrado con sus últimos rayos a la Alcazaba, tiñéndola de naranja antes de oscurecerla, y ésta, se reflejaba en el espejo de las aguas, presumiendo de su belleza. Se fue la luz y la calor, y tomaron las riendas de la noche, la oscuridad y el frío, que nos hizo abrigarnos, en una noche de Verano. Y comenzaron a aparecer, lentamente, a la luz de las oscuridad. Una tras otra, fueron salpicando el cielo negro Sierra Nevada, de pequeños faroles estáticos, luces tan lejanas, que quizás ya, ni existan. Nos tumbamos para ver aquella maravilla, y bajo aquel manto, tratamos de buscar respuestas, hasta que el silencio lo acalló todo, y sólo cuando el sueño vino a buscarnos, dejamos en paz a las Estrellas…

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La buena madre

Es nuestro hijo, el resultado de ti. Tardó en llegar el instinto, y el pequeño, como si es destino supiera que las prisas no traerían nada bueno, y el universo conspiró para darnos el mejor de los regalos. Llegó en el momento justo. Justo, cuando la necesidad de madre afloró, cuando entendiste de los esfuerzos que habría que hacer; justo, cuando casi todos los planes estaban cumplidos y quedaba por crear el más importante; justo, cuando ambos quisimos, por ninguna otra razón que no fuera la de ser padres. Y desde el principio, te volcaste, como cualquier madre lo haría, pero tu amor hacia él, nunca te nubló el juicio, ni siquiera su enfermedad. Y fuiste, y eres rígida, manejándote desde el principio, en ese difícil terreno que hay entre la razón y el corazón, entre los caprichos y la necesidad, soportando el dolor de nuestro hijo y el tuyo, cuando lloraba por algo que quería y no se podía o no se debía dar. Enfados y lágrimas tras castigos merecidos, que siempre aceptó con respeto, ese que le has inculcado con tiempo y tesón. Has conseguido forjar una persona educada, cariñosa y respetuosa, haciéndole entender que no siempre se tiene lo que se desea, pero que nunca le faltará un plato en la mesa. Educar es sufrir, es invertir tiempo, perder horas de sueño, y luchar sin descanso. Criar, es alimentar, lavar y curar. Querer lo mejor para un hijo, no es consentir, ni evitarle el dolor, ni cegarte con él. Es ser objetivo, viendo sus virtudes y sobre todo sus defectos, para enseñarle a corregirlos y mejorar, para hacer de él, una persona de bien. Por eso, cuando miro a nuestro hijo, me enorgullezco de él, y no puedo evitar pensar, el trabajo que has hecho, y creo, que nunca podré agradecértelo. Y es que, detrás de un buen hijo, siempre hay una buena madre…
PD: A Encarni, por hacer de nuestro hijo, la buena persona que es.

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