No hemos aprendido nada

Vamos dejando atrás una pandemia que nos obligó a cambiar nuestra forma de vida, por un tiempo, porque pasada ella, olvidadas todas aquellas cosas que dijimos que íbamos a hacer y que ya no haremos. El mundo se desangra, herido por nuestros abusos y pocos cuidados. El mundo se apaga, por nuestro elevado consumo de energía, chupando recursos como una garrapata chupa la sangre de aquellos a los que se agarra. Consumimos más alimento del que necesitamos, y desperdiciamos tirando a la basura otro tanto, que podría salvar a aquellos que no tienen. Porque esa es otra, el reparto. Unos tantos y otros tan nada. El planeta se asfixia, producto de nuestros gases, y hemos cambiado el clima, para mal, llevando lentamente, y si no ponemos remedio, al fin de este nuestro mundo. El virus nos metió miedo y nos hizo recapacitar, pero ha durado lo que el miedo tarda en desaparecer. Y sí, antes o después nos iremos con él. Seremos verdugos y víctimas de nosotros mismos, porque no sabemos cuidar lo que tenemos, no queremos cuidar lo que tenemos, y lejos de arreglar nada, nos abocamos sin remedio, a nuestra propia desaparición. No vemos más allá de nuestro presente, y mira que ya de por si es malo, menos aun queremos ver el futuro. Ese futuro que dejamos a nuestros hijos y nietos, pero nuestro egoísmo nos impide hacer nada al respecto. Ya lo arreglaran ellos, pensamos. Y mira que nos avisan. El cambio climático, guerras, volcanes, cambios económicos. Cuánto aguantaremos? A saber… Pero lo cierto es, que no hemos aprendido nada, ni aprenderemos…

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El regreso

Yacía desparramado en la cama, ajeno al tiempo, que ausente de reloj avanzaba imparable, como siempre hace; yacía ajeno al frío que al amanecer, la exigua noche exhalaba como último aliento. Bajo las sábanas de coralina dormía agarrado a mi mismo, esclavo de mis sueños e inerte de conciencia, olvidando distinguir, entre deseo y necesidad. Todo era calma, todo era descanso. No había prisas, ni siquiera por saber si las había.

El tiempo seguía su curso, y yo ajeno a él dormitaba en sueños, o soñaba mientras dormía, sigo sin tenerlo claro, pero tenía claro que el despertador aun no había sonado, y eso me daba “tiempo extra” antes de levantarme. Pero las necesidades siempre aparecen en el momento más inoportuno. Y aprietan. Hay veces que se camuflan entre sueños, colándose en nuestras mentes, en un camino directo desde la realidad. Y así disfrazadas, martillean tu mente, y tu vejiga, obligándote a levantarte cuando más a gusto estás.

Apenas entraba luz por el balcón, reflejo quebrado de un amanecer que despertaba. Mis pies inestables me llevaron al baño, arrastrando el sueño medio despierto y un cuerpo casi moribundo. Me senté, sin encender la luz, palpando todo a mi alrededor, con la seguridad del que se conoce de memoria allí donde habita. Mis ojos seguían cerrados mientras expulsaba mi necesidad. Ya casi se podían escuchar los pájaros despertar. Ya casi se podía oler el café que desayunaría, pero mientras seguía allí sentado, sólo podía pensar en como sería el regreso a la cama…

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Un fantasma

Hoy el frío duele.

Se desató lo impensable y todos las peores posibles, ocurrieron. La noche se ilumina al son de los misiles que destruyen cuanto tocan. La vida huye de todos los que quieren abandonar la ciudad que hasta ayer, era su hogar. En realidad sigue siendo su hogar, pero el miedo a morir los empuja a dejar atrás esa vida, un tesoro que tenían y que le están arrebatando sin saber porqué. Las calles llenas de escombros, son testigos de los pocos que quedan, valientes que decidieron defender lo suyo y no abandonar a pesar de todo. Escaramuzas en las esquinas en pos de la defensa de su patria, mientras un ejército sin piedad, avanza irremisiblemente. Refugios improvisados cuando rugen las alarmas avisando del próximo ataque, que cada vez es más seguido, cada vez más inhumano. Cristales hechos añicos, edificios desnudos, parques desiertos. La vida huye de tanto espanto, y en el centro de todo, la caravanas de refugiados, cabalgando entre la desesperación por mantenerse vivos y la esperanza de que todo acabe pronto para poder regresar. Los trenes van y vienen, cargados de lágrimas, del dolor de personas como tú y como yo, que hasta hace una semana, tenían una vida como la tuya y como la mía. Imperfecta, dura, pero maravillosa. Hoy no tienen nada, y viajan a la frontera de países vecinos, para poder dormir tranquilos, sólo eso, dormir tranquilos una noche. Mañana ya verán que hacer.

Hoy el frío hiere. Más aun, a la intemperie. Más todavía, lejos de casa. Peor, porque nieva. Pero ni la nieve puede borrar las huellas de la huida, ni helar unos corazones que crecieron entre el frío. Ni la nieve consigue detener los ataques, ni las muertes, ni la irracionalidad de lo que está ocurriendo.

Nieva en Kiev, mientras la ciudad se desangra. Nieva en Kiev mientras la ciudad se vacía. Nieva en Kiev, cubriéndola con un fino manto blanco, convirtiéndola en un fantasma…

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