Vamos dejando atrás una pandemia que nos obligó a cambiar nuestra forma de vida, por un tiempo, porque pasada ella, olvidadas todas aquellas cosas que dijimos que íbamos a hacer y que ya no haremos. El mundo se desangra, herido por nuestros abusos y pocos cuidados. El mundo se apaga, por nuestro elevado consumo de energía, chupando recursos como una garrapata chupa la sangre de aquellos a los que se agarra. Consumimos más alimento del que necesitamos, y desperdiciamos tirando a la basura otro tanto, que podría salvar a aquellos que no tienen. Porque esa es otra, el reparto. Unos tantos y otros tan nada. El planeta se asfixia, producto de nuestros gases, y hemos cambiado el clima, para mal, llevando lentamente, y si no ponemos remedio, al fin de este nuestro mundo. El virus nos metió miedo y nos hizo recapacitar, pero ha durado lo que el miedo tarda en desaparecer. Y sí, antes o después nos iremos con él. Seremos verdugos y víctimas de nosotros mismos, porque no sabemos cuidar lo que tenemos, no queremos cuidar lo que tenemos, y lejos de arreglar nada, nos abocamos sin remedio, a nuestra propia desaparición. No vemos más allá de nuestro presente, y mira que ya de por si es malo, menos aun queremos ver el futuro. Ese futuro que dejamos a nuestros hijos y nietos, pero nuestro egoísmo nos impide hacer nada al respecto. Ya lo arreglaran ellos, pensamos. Y mira que nos avisan. El cambio climático, guerras, volcanes, cambios económicos. Cuánto aguantaremos? A saber… Pero lo cierto es, que no hemos aprendido nada, ni aprenderemos…