Aún no ha amanecido y vuelve a gritar. Un día tras otro, sin descanso, sin importarle mi cansancio acumulado ni las pocas horas de sueño que he tenido. Egoísta como él sólo se empeña despertarme, arrancándome del descanso que todas las mañanas se me antoja escaso. Es el trabajo que le impuesto y obedece, aunque hay días que estamparía el despertador contra la pared para acallar su maldito pitido. Y así vuelvo a la rutina cada mañana, a contraluz, saliendo de las sombras que proyecta la Luna para abrazar la claridad que me brinda el Sol. Cuesta, abrir los ojos, dejar entrar la vida tras el letargo nocturno que me ha hecho desconectar de la realidad y llevarme a través de los sueños que cada noche inventa mi mente, y que luego, soy incapaz de recordar. Tengo claro que he estado en millones de sitios y que he vivido más de una aventura, pero nunca se ni dónde ni con quien. Mi cuerpo pesa, me puede el cansancio y hago promesas que luego no cumpliré. Me engaño diciendo que al caer la noche me acostaré antes, y haré todo lo que las noches anteriores no hice, que en realidad es sólo una cosa, dormir más horas. Así comienza mi día, entre mentiras, y así pasan las horas, convenciéndome de que estas noche si, está noche, me voy a dormir de doce a doce y cuarto…
A todos los que no sabemos dormirnos pronto, por mucho que nos pese…