Esto de los sueños me viene desde niño. Recuerdo, no sé a que edad exactamente, que gané un premio de redacción en mi pueblo, y la historia que escribí para aquel concurso, fue la de un sueño que tuve. Ya desde entonces soñaba, y escribía. Quizás ambas cosas vayan unidas de alguna forma, o quizás sea casualidad, pero lo cierto es, que cada vez que cierro los ojos, sueño, y cada que vez que los abro, mi mente no deja de pensar como describir las cosas que vivo y/o siento, para trasladarlas a un folio. Y soñado o no, el otro día, me encontré con mi padre.
Ocurrió durante la siesta, y como todos los sueños, es una historia inverosímil al revivirla en el mundo real, aunque en mi interior siga teniendo todo el sentido. Si, me encontré con mi padre, en la puerta de mi casa. Iba de amarillo, el pantalón, muy amarillo, tanto como para ser el detalle que hace que no olvide la historia. Nos cruzamos por la acera, y pasó despistado a mi lado. Yo no podía creerlo. Allí estaba, con sus gafas, con sus brazos delgados, con su pose tan suya, tan él. Le llamé la atención. Se giró y me sonrió. Nos acercamos y nos abrazamos. Le pregunté que donde había estado los dos últimos meses, como si estos últimos años no hubieran existido jamás, como si nunca se hubiera ido. Lo único que dijo es que ya estaba de vuelta. Lo último que recuerdo antes de despertar, es llorar abrazado a él, saboreando el momento, pero no impidiendo que se fuera. Quizás sea solo un sueño, quizás haya vuelto de algún modo, o tal vez nunca se haya ido. Vete tú a saber. Solo se que esto de los sueños me viene desde niño.
Gracias papá, por venir a visitarme, aunque sea en sueños.