Lloran mis poros empujados por esta calor que los asfixia y no los deja respirar. Se ahogan en sus propias lágrimas intentando humedecerse sin conseguirlo porque se evaporan con el solo contacto de la piel. Buscan aire fabricado, líquidos helados o sombras imposibles y nada es suficiente para calmarlos. De día y de noche, con Sol o con Luna, una calma desesperante que mantiene inmóvil la vida y deja que el bochorno y la calor se adueñen de todo. Calles desiertas que se despiden su flama al compás de los rayos del sol, calcinando las horas que pasan desesperadas de cansancio y astío. La montaña cedió toda su nieve y sufre pensando que no nos puede enfriar y anhela la vuelta de la nieve para poder refrescarnos y aliviar un poquito esta desesperación que no nos deja dormir…