“Hijos de Caín”. Hace tanto de esa canción de Barón Rojo, que casi me parece un sueño. Ya por entonces tenía mis primeras (o segundas, es que hace tanto) crisis de identidad y faltas de cariño, fruto todo, de mis inseguridades y porque no decirlo, de mi puñetero ego. Pero quién no ha pensado alguna vez que sus padres quieren más a sus hermanos que a él? Tuve que lidiar con el exterior pero más aún con el interior, mi interior, y es bastante jodido, os lo dice alguién que lo conoce bien. No he salido mal parado, creo. Mucha culpa la ha tenido esta cabecita que se empeña en mantenerme a flote, tormenta tras tormenta. Pero el hundimiento sería hoy una realidad, sino fuera por mis amigos y familia. Son ellos, los que desde entonces, sin saberlo, hasta hoy, plenamente conscientes, han soportado a este que os escribe. Vuelvo a la casilla de salida con menos inseguridades, más cansado, pero con las mismas ganas, seguro de volver a errar, porque es la única forma de aprender, pero cada vez con menos miedo, porque estoy seguro de que cuando caiga, allí estarán ellos para ayudarme a levantar. Ya no hay inseguridades, ni ego, menos aún miedos. Solo la claridad de quién recuerda con una sonrisa aquella canción.