Azul

No fue un concierto para jóvenes.
Hace 25 años, a mis 26, sonaba en bucle el disco de una banda recién descubierta por mí. Elefantes y su LP “Azul” inundaron el piso donde vivía. No podía despegarme de sus letras, de su sonido, que se adhería a mis oídos y mi alma, sin remedio y sin oposición. Conocía cada nota, cada estrofa, cada cadencia del disco, memorizándolas sin querer.
Ayer, jueves 11 de diciembre de 2025, 25 años menos jóvenes, Elefantes volvieron a sonar, celebrando las bodas de plata del lanzamiento del disco que los lanzó al estrellato. En el Palacio de Congresos de Granada, y en una sala justo encima de Manolo García, “Azul” volvió a sonar íntegro, en el orden de las canciones que marcó el LP. Osados ellos, y a pesar del corsé que les obligaba a avanzar en una única dirección, supieron buscar la salidas para ofrecer un concierto magistral. Como siempre, sonaron limpios, claros, potentes y tiernos. Azul evocó un pasado lleno de letras brillantes, sostenidas sobre sonidos certeros y arreglos que denotaban la madurez del grupo, pero tan Elefantes como los de hace 25 años. Shuarma interpretó con su voz, tanto como con sus manos y su cuerpo, llevándonos al éxtasis en más de una canción, elevando a la categoría de artista, al cantante de la banda. Le elegancia del guitarrista, la potencia de la batería y un bajo necesario, en manos de un bajista casi inadvertido, completaron un espectáculo difícil de olvidar, tanto, como aquel “Azul”, que hace años, nos marcó a muchos para siempre.

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Otro año más (7 de diciembre)

Ayer fue tu cumple o hubiera sido. Me cuesta conjugar el tiempo verbal al no estar tú por aquí. Pero más me cuesta pensarte y saber que nunca más estarás. Por lo menos en presencia, transitando esto que llamamos vida, y que tú abandonaste hace cada vez más tiempo, porque en recuerdos, vivirás siempre. Es raro, muy raro, recordar tiempos pasados habitados por ti y ahora, en este presente, huérfano de tu persona. No he vuelto a pasar por tu casa, aquella que hacías brillar y llenabas de vida, por si está tan deshabitada como el universo sin ti. Recuerdo a Su, y a Lápiz, siempre pegados a ti, aprovechando cada momento a tu lado, como si ellos hubieran sabido con antelación lo que iba a ocurrir. Gato y perro guardando tu porvenir. En fin. Me duele no poder felicitarte con un mensaje. Me duele no poder darte tu regalo. Me duele que no estés, que no seas. Me duele todo lo que dejaste a medias, y lo que nunca harás, y me duele tu recuerdo. Y aún así, no quiero dejar de recordarte porque es la única forma que encuentro para que sigas viva.
Felicidades Patri, otro año más.

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Figurantes

En un sábado largo, nos dio por rodar un corto. Dejamos esta vez de lado la lluvia, a la que no lo quisimos dar un papel porque siempre nos agua la fiesta, y repartimos el resto de guiones entre todos los figurantes. Fuimos actores principales de aquel vodevil, rellenando cada fotograma de sonrisas y bailes. Todos los focos estaban sobre nosotros, aunque nadie nos mirara, y desfilamos, claro que si, sobre la alfombra roja, mostrando a los personajes que soñamos interpretar, caminando sobre esa fina línea que se dibuja entre la vergüenza y el protagonismo. Salimos indemnes, como no, sin alardes, sin giros inesperados, pero con toda la ilusión del mundo, sintiéndonos ultraligeros. No hubo dramas, ni tensión, mucho menos miedo, pero sí comedia, adherida a cada carcajada que soltamos. Y con una banda sonora imborrable, rodamos nuestra propia película. No, no sé proyectará en ningún cine, pero estoy seguro que esta grabada a fuego en vuestros corazones. Y como buen filme que se precie, tuvo un final, aunque el año que viene tendréis los post-créditos para quién se quedó con ganas de más, porque esto no es un “The end”, es un “Continuará”.

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De cine

Será un 25, cuando en el plató del sábado, volvamos a rodar otra escena más de eso que llaman felicidad. Seremos el centro de las miradas y las cámaras tomarán nota de todo cuanto hagamos. Sin guiones que estudiar, dejaremos que la improvisación lo cubra todo, bailando por defecto, disfrutando por convicción. Transformaremos “Un lugar tranquilo” en un mar de “Sonrisas y lágrimas”, donde confirmaremos que la “La vida es bella”. “Los 4 fantásticos” inundaran de música nuestros corazones, trazando con alegría “El atlas de las nubes”, ese mapa secreto, que como a “Los Goonies”, nos llevará al mayor de los tesoros: otro día inolvidable. No, no somos “Replicantes”, ni “Terminator”, ni estamos en “West World”. Somos un puñado de amigos, que no necesitan regresar del futuro para saber, la importancia de momentos como los del sábado que viene. Así que actores, actrices, preparad vuestras mejores sonrisas, haced acopio de ganas, porque en 3,2,1, se rueda. Acción!!

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Con esos ojos

Crecimos a la par, alejados tan solo por una quinta, distancia insuficiente para separarnos. Tú tan frágil, yo tan así, y así seguimos, unidos, frágiles y cada día un poco más egoístas.

Has descubierto a golpe de decepciones a distinguir entre quién si y quién no. Has decidido más con la cabeza que con el corazón, aunque es el corazón quién te ha procurado la verdadera felicidad, colmando tu vida de gente a tu alrededor, atraída por esa belleza que desprendes y que nadie como tú, sabe captar. Fotógrafa devota, extraes de la vida su alma, plasmándola en cada imagen que congelas, en cada instante que atrapas, en cada lienzo que pintas. Sabes encuadrar con maestría el desorden, vistiéndolo de gala para arrancarle una sonrisa. Trazas las líneas que definirán los contornos de cualquier idea, dándole la vida que imaginaste para ella.

Eres paz, eres guerra. Eres mensaje cada jueves, consejo certero, oído incansable y hombro amigo. Eres ternura, corazón y amistad. Eres todo aquello que echamos de menos y luego no valoramos. Eres nuestro premio, nuestra suerte. Eres Pellejera, la Pelirroja, Anica.

Y con esos ojos te miramos. Los de la amistad y el amor.

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Jóvenes refugiados

Olía la mañana a finales de agosto, desperezándose entre el frescor de la noche y la templanza del día que habría de llegar. Cargamos las mochilas de comida, agua y lo necesario para dormir bajo un techo que no es el nuestro, y las descansamos sobre nuestros hombros durante todo el trayecto. Partimos desde la Vereda de la Estrella, serpenteando un camino cuajado de silencio, repleto de paz, iluminado por las sombras que proyectaban los castaños y los robles. El río nos gritaba a lo lejos, única voz entre tanta quietud. Nosotros lo mirábamos desde las alturas, tan bravo, fisgoneando entre los recodos del camino, intuyendo su caudal a través las ramas de los árboles que lo camuflan y se alimentan de él a la vez. Subíamos, paso a paso, lentos, sin prisa, respirando Sierra, haciendo pausas para descansar y asimilar tanta belleza. A lo lejos, el Veleta, la Alcazaba, el Mulhacen, y tantos picos que conforman Sierra Nevada. En la umbría, agua, fruto del deshielo. Pequeños manantiales de vida donde llenar las cantimploras. Sol y sombra entre las zarzas, el sendero marcado para no perderse entre tanta vegetación, las pendientes hasta el punto más alto, el camino hacia la Fuente del Hornillo. La tarde nos recibió cuando llegamos al refugio, y aunque el sol reinaba en el cielo, las alturas no le permitían desprender su calor. Nos despojamos del peso, buscamos leña para encender la chimenea y nos sentamos a charlar, eso que hacemos cuando no hay cobertura y los móviles solo sirven para sacar fotos. Así recibimos la noche, que llegó pausadamente, y nos cubrió con un manto de estrellas, que iluminó el cielo. Miramos hacia arriba, buscando estrellas fugaces y alguna que otra respuesta. Una sola vi de las primeras, ni una encontré de las segundas. Y cuando los silencios pesaron más que nuestras conversaciones, nos fuimos a dormir, refugiados entre piedras que nos dieron cobijo, y recuerdos de juventud.

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Trenes y barcos

Conoces esa sensación de no ser dueño de tu vida? Esa sucesión de acontecimientos, que de una forma u otra, o mejor dicho, y otra, consiguen que pierdas el control de lo que quieres y puedes hacer. Un cúmulo de hechos, que derivan en dejarte a la deriva, a merced del viento, como un barco que sabe dónde está el norte pero el timón no le deja virar. Así se escapa el verano, como arena entre los dedos, como estrellas fugaces, tan rápidas que si parpadeas no las ves. Más días como los de siempre, como los de todos los veranos, calurosos y planos, viviendo en mi pequeño palacio, sin más horizonte que la calle que me vio crecer. Un barco cargado de ilusiones incumplidas, que nunca llega a puerto.

Quizás debería haber cogido mejor un tren, aunque nunca supe donde estaba la estación correcta, porque os aseguro que se dónde quiero ir, pero no desde dónde partir. Lo más seguro es que ese tren, el mío, ya pasó, y yo sigo allí, año tras año, en el andén, esperando a que el pitido me avise de que debo subir, pero nunca suena. Todos me saludan con la mano, diciendo adiós, rumbo a otros lugares, a otras aventuras, donde doraran sus pieles y descansarán sus cuerpos y sus mentes. Van en busca de eso que llaman desconexión. A saber a que sabe.

Aquí ando esta noche, entre barcos y trenes, agarrado a mi manual básico de emociones, tratando de mantener el tipo para no hundirme, ni saltar a las vías. Buscando entre las palabras y los sentimientos, las razones para seguir sonriendo, y a pesar de todo, os aseguro que las encuentro, pero eso, os lo cuento otro día.

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Sujetando el sonido

La culpa la tuvo el cuenco tibetano. Ni la suerte, ni las cartas, ni casi la botella de cava bebida, el cuenco tibetano. Y es que la noche nos confunde, y nos une, como tantas y tantas noches juntos. Cocherazos improvisados, a la luz de la luna, al borde de la noche, invocando al espíritu de la amistad. Fuimos conejillos de indias para una nueva idea culinaria, y el resultado fue que cenamos como los dioses, nada nuevo en nuestras vidas cada vez que Pablo saca su magia cocinera a pasear. Nos regamos con sangría de cava, y entre cotilleo y cotilleo, y preguntas sin respuesta, nos acercamos al momento chinchón. Pero antes, el regalo, atrasado, pero regalo con todo nuestro cariño. Y allí apareció, el cuenco tibetano, brillando bajo la noche, otro deseo concedido de unos Miami para otra Miami. Gema intentó el sortilegio, golpeando el borde del recipiente con la maza, y haciendo girar esta sobre los bordes de este, en un intento por sujetar el sonido que desprendió el cuenco. No hubo suerte y se diluyó entre el ruido de nuestras voces y quietud de la noche. Lo intentó más de una vez, y no fue capaz, huyendo el sonido de sus manos, incapaz de sujetarlo, rompiendo así la magia que esperábamos escuchar. Solo Luis fue capaz de arrancarle ese sonido circular que aguantó sobre los bordes, bailando ante nosotros, sujetándolo con el mazo mientras lo rozaba fuerte contra el cuenco. Ese era el truco para que apareciera la magia. Y esa magia fue el principio del fin de una victoria cantada.

PD: Habrá revancha…

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Entre olas

Arrancamos desde una tarde que abrasaba, dirección escapada, huyendo del sol, buscando un mar de tranquilidad que refrescara nuestro cuerpo y nuestra alma. Nos ahuecamos cerca de la orilla, al borde de las olas, muy cerca del agua y lejos de todo lo demás. Y entre el murmullo del mar volvieron las historias, unas acabas, otras repetidas y alguna por comenzar. Para el futuro, hubo más preguntas que respuestas, dejando todo como empezó. Para el pasado lo tuvimos más claro, concluyendo que tanto amor no puede ser bueno, si con él, abandonas todo lo demás y asfixias al más pintado. Y para el presente…

El presente fue la tarde vivida, los amores perros, la menopausia, los secretos, la tranquilidad; es un baño, una risa, confiar, es una foto, o dos, y tres; el presente es aquello que nos hace felices ayer y mañana, incluso con nuestras mierdas; es un bocadillo, la radler sin alcohol, las porquerías que le damos al cuerpo; el presente es la luna que crece por momentos, el camino de regreso y el de ida también; el presente es todo lo que nos ocurre y que nos cambiará, o no, y que nos contaremos el año que viene, o no, en otra tarde de verano. No, este año no hubo lágrimas, y si las hubiera habido, se hubieran perdido entre las olas.

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Grey

Siempre has sido competitivo, muy competitivo. Y es precisamente ese gen ganador, retador, el que te ha llevado a conseguir todo lo que tienes hoy en día, y más aún, a ser la persona que eres. Aquel pequeñín que eras, camuflado tras una cara de niño apocado, se escondía un gigante que jugaba como nadie al fútbol, inteligente y algo más maduro de lo que debiera para su edad, aunque todo se torció cuando se hizo del Barcelona. Has sacado casi sobresaliente en la vida, formando un cuarteto como familia, donde todos tocan la misma sinfonía sin desafinar ni una sola vez. Con ellos embarcaste en la mayor aventura que uno pueda imaginar, dejando atrás por unos años una vida asentada en España para conocer por unos años, otra cultura, otras gentes, enriqueciendo aún más, una vida ya plena. De lágrima fácil, hace años que entraste en este selecto grupo, pasando a ser un pellejero más. Te has ganado a pulso nuestro respeto y cariño, tapizando de siestas nuestros viajes y alimentando nuestras risas y felicidad. Atrás queda aquel Capitán América que pasó demasiado tiempo alejado de nosotros. Por si aún no te queda claro, te hemos echado mucho de menos. Y ahora… ahora toca volver a estar completos cada jueves, organizando juntos, disfrutando juntos, viviendo juntos. Tienes tiempo de sobra para aprender a jugar al pellejo. Para otras cosas, sabemos que eres el Grey del grupo… 50 años te han visto pasar. Otros tantos te esperan impacientes. Solo deseo que sean tan felices como los ya vividos.

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