Sujetando el sonido

La culpa la tuvo el cuenco tibetano. Ni la suerte, ni las cartas, ni casi la botella de cava bebida, el cuenco tibetano. Y es que la noche nos confunde, y nos une, como tantas y tantas noches juntos. Cocherazos improvisados, a la luz de la luna, al borde de la noche, invocando al espíritu de la amistad. Fuimos conejillos de indias para una nueva idea culinaria, y el resultado fue que cenamos como los dioses, nada nuevo en nuestras vidas cada vez que Pablo saca su magia cocinera a pasear. Nos regamos con sangría de cava, y entre cotilleo y cotilleo, y preguntas sin respuesta, nos acercamos al momento chinchón. Pero antes, el regalo, atrasado, pero regalo con todo nuestro cariño. Y allí apareció, el cuenco tibetano, brillando bajo la noche, otro deseo concedido de unos Miami para otra Miami. Gema intentó el sortilegio, golpeando el borde del recipiente con la maza, y haciendo girar esta sobre los bordes de este, en un intento por sujetar el sonido que desprendió el cuenco. No hubo suerte y se diluyó entre el ruido de nuestras voces y quietud de la noche. Lo intentó más de una vez, y no fue capaz, huyendo el sonido de sus manos, incapaz de sujetarlo, rompiendo así la magia que esperábamos escuchar. Solo Luis fue capaz de arrancarle ese sonido circular que aguantó sobre los bordes, bailando ante nosotros, sujetándolo con el mazo mientras lo rozaba fuerte contra el cuenco. Ese era el truco para que apareciera la magia. Y esa magia fue el principio del fin de una victoria cantada.

PD: Habrá revancha…

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