La maceta

Ellos, venidos de otras tierras, más pobres, más oscuras, más esclavas, menos esperanzadoras. Huyeron, no buscando el paraíso, si no tan sólo, un lugar donde sobrevivir y poniendo en peligro lo único que les pertenecía, su vida, llegaron aquí. No eran lo que soñaban pero les bastaba para comer. Una asociación se ocupa de los niños, de los más vulnerables, de aquellos que aún sueñan con ser felices, de los que a pesar de estar lejos de su país, luchan por mejorar en este. Llevan días en la calle, poniendo precio a algo que no debería tenerlo, la solidaridad, a la ayuda para poder cuidarlos, cambiando macetas por euros.
Ella, nació aquí y aquí sigue. En el negocio de su padre, aquel que empezó como algo pequeño y que hoy da trabajo a tanta gente. No descansa, juntando las mañanas con las tardes al borde de las noches. Dicen que tuvo un amor, que le arrancó la sonrisa. Dicen que luchó contra la muerte y salió vencedora, y que a partir de ahí, vio la vida de otra manera. Volvió entonces su sonrisa, esa con la que te atiende, la que no borra de su cara. La que acompaña al cariño con que te trata, la tranquilidad que desprende, la paz con la que te deslumbra.
Ella y ellos se unieron, se ayudaron sin saberlo, porque aquella maceta que compraron, fue, alimento para ellos y reconocimiento para ella…

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