Y ahora que parecía que todo estaba en su sitio, aparecen nuevas incógnitas. Como en una novela de media tarde, de esas interminables, en las que unos actores se van y otros regresan. Diálogos manidos de unos asomando entre los tediosos silencios de otros, con giros inesperados que te dejan en jaque, intentando averiguar por donde irá la historia y tratando de no perder el hilo. Pero engancha y gusta esa sensación de inseguridad, de no saber porqué, ni cuando. La sorpresa diaria, intentando atar cabos para amarrar respuestas, porque las hay, porque todo forma parte de un plan, aunque ahora mismo no seamos capaces de verlo. Entenderlo ya es otra cosa, pero todo encajará y obtendremos el sentido necesario para todas nuestras preguntas. Mientras tanto, barajo mis posibilidades e intento quedarme con la mejor de las opciones, para tratar de asegurar mi felicidad, a la que me agarro con fuerza para no caer de nuevo en “la oscuridad». Por eso te elijo a ti, por eso te quiero en mi vida. Quiero que me hagas partícipe de tus logros, alegrarme contigo y más aún, apoyarte cuando lo necesites. Sin agobios, porque no quiero invadir tu espacio pero tampoco que te sientas sólo. Estoy ahí, silencioso, atento, para cuando quieras compartir algo. Aparecemos y desaparecemos sin previo aviso, como las respuestas que buscamos. Sólo hay que saber mirar para poder verlas. Esa es la constante, y tal vez vital de nuestras vidas…