No son sólo un “si» o un “no”, eso lo hace cualquiera. Son la culminación de la belleza en el rostro, que dota de expresividad cualquier gesto, que sin ellas, agonizaría de sentimientos. Son lanzarte a la tristeza más profunda cuando amenazan llanto, ese que no podrás atajar ni con tu mejor sonrisa. Dolor adherido a unos labios y sus comisuras, que sólo saben descender, en una caída imparable que arrastra consigo al alma y al corazón. Penas que tintan de gris hasta la cara más bonita.
Son besos, sellando el cariño, o el amor, o ambas cosas, que no hay nada más bonito que un beso y todo lo que trae consigo, el apretón interminable, el roce de las manos y el consiguiente erizado de la piel, de la tuya y de la mía; el encuentro furtivo de las lenguas si te atreves a abrir la boca y el deseo de que ya no se separen jamás. Besos, de todas las formas, de todos los colores, como sello imborrable de tu paso por mi vida.
Son enfados, atrayendo el ceño consigo para que quede constancia de lo poco que me gusta lo que ocurre. Una mueca que no lleva a engaño y si te atreves a replicar, puede que suelte algún improperio, porque para eso también están las bocas, para hablar, decir lo que no les gusta y lo que si, que es casi mejor. Volcanes de palabras y nido de entendimiento, porque de ellas brota la comunicación. Toda una hazaña teniendo en cuenta, lo poco que le gusta a la gente escuchar a los demás.
Y son sonrisas, o así debería ser. Más que nada y sobre todo, el arco hacia arriba, atrayendo felicidad y compartiéndola con los demás. Imán de arrugas y de cosas buenas, y si no lo son, transfórmalas, hazlas reír a pesar de lo malo, atráelas hacia tu boca y cuando estén cerca, susúrrales que todo va a ir bien. Llénalas de esperanzas y dales una razón para creer. Y cuando te quieras dar cuenta, sonreían, como lo hace tu boca…