Fue duro mirarse en el espejo y no verse. Recordaba aquel momento y aún sentía las puñaladas del dolor, las típicas preguntas que entonces quedaban sin respuesta o mejor dicho, que prefería no responderse para no agrandar la herida. Lo peor no era no verse, era no sentir, no sentirse. Siempre fue algo raro, diferente, pero aprendió a camuflarse, a mostrar a la gente lo que querían ver de él. Se convertía en lo que pedían para que lo aceptaran dándose a los demás antes que a él mismo. Era cobarde pero sobrevivía. Siempre soñaba con ser otro, con ser alguien que no era. Tal vez pensara que él no valía tanto la pena ni era tan grande como el otro con quien soñaba ser. Se perdió. Lentamente se difuminó, haciéndose traslúcido, pasando a través de él la vida. No sabe con exactitud donde estuvo el punto de inflexión. Lo que si sabe, es que en su interior jamás dejó de habitar su verdadero Yo, que un día se reveló contra él mismo, y decidió que era hora de quererse, de valorarse. Y emprendió un camino largo y duro. La búsqueda de respuestas y de él mismo. Aprendió a conjugar el Yo con los demás, porque no está reñido, aunque cambió la prioridad. Dejó de ser lo que querían que fuera para ser lo que él quería ser, aunque pareciera egoísta. Aprendió que quería y sobre todo, lo que no, tomando conciencia de sus gustos, y los años le han enseñado a no hacer nada que no le apetezca hacer, a escoger a quien quiere a su lado y a quien no. Ahora camina con la cabeza bien alta, seguro de quien es. Desprende energía, sentimientos y procura transmitirlos, que el mundo está necesitado de ambas cosas, pero no se olvida de él. Ha aprendido, que cuanto más se quiera, más podrá dar a los demás. Se siente feliz y hace tiempo que dejó de ser invisible. Por eso ahora se ve y lo ven…