Domingos sin tregua, transformando planes «A» en «B». La siguiente escena se retrasa sin abucheos del público, más ilusionado por su llegada que enfadado por el retraso. Noctámbulos del día, apostados en una mesa desde donde lanzamos nuestros puntos de vista para comprobar si somos tan miopes como pensamos. Y allí mismo volvemos a meternos la vida en dosis pequeñas, rayas de felicidad que nos elevan a lo más alto, haciéndonos dependientes de unas charlas que enganchan tanto como ayudan. Hijos estirando un Domingo para que no acabara nunca y unos padres mordiéndolo para terminar con él lo antes posible. Viejóvenes al sol, jugando a la vida, conscientes de la realidad con la que juegan, para no convertirla en monotonía. Y llegamos al final de lo inacabable, otro domingo de necesidad de apoyos, de soledades auyentadas y de despidos efímeros. Porque después de todo, no hemos faltado…
A vosotros, por otro Domingo acompañado…