La lluvía arrancó espejos del suelo quebrando el reflejo del azul del cielo en mil salpicaduras al paso de mi carrera. Ahuyenté el frío a base de zancadas, extrayendo de cada poro el sudor que nació entre la línea del esfuerzo y la recacha. La mañana se aupó a mi espalda, y paso a paso nos fuimos alejando, dejando atrás el bullicio de la vida para ser presos del cantar de los pájaros y del silencio de la soledad. Me invadía el aire puro, que rellenaba mis pulmones con la misma velocidad que los vaciaba, intentando oxigenar mi cuerpo y mente, que se maravillaba al ver desde las alturas aquel océano de tejados lejanos. Asomó entonces el cansancio, malmetiendo para que pidiese clemencia y me tomara un respiro, pero no caí en su trampa y preferí extrujarme un poco más para robar al tiempo unos segundos y así no sentirme mediocre. Todo acabó donde empezó. Un círculo, camino de ida y vuelta en el que corrí, sentí y pensé, que la vida es como es para cada uno y no se puede cambiar…