Suele ocurrir así, que cuánto más hablas, más alto te encuentras. Es la ley del WhatsApp. Necesitas charlar, mantener vivas las palabras entre uno y otro, para no desaparecer entre las conversaciones olvidadas, aquellas a las que diste los buenos días hace tres noches y aún no han despertado. A esas que preguntaste “Que tal vas??” y sigues esperando en la sala de urgencias de los días, preocupado por si le ocurre algo cuando en realidad sabes que lo único que tiene, es que no quiere contestar. Y es que a través de las palabras, de los acentos que se ponen, o no, ni siquiera en la vida, haciendo notar, que ganas se tienen; de los signos de puntuación que olvidamos, así como olvidamos a los que no queremos ya cerca de nosotros, camuflando la desgana con emoticonos, que nos libran de tener que expresar o explicar lo que está claro sin escribir. Es fácil entablar conversación sin poner cara a nadie y fácil elegir el tono con el que creemos que nos hablan, inventando mil historias, alteradas por nuestro estado de ánimo, más que por el del que nos escribe. Así de fácil es ir dejando de lado a las personas en este tipo de chats. Basta con dejar de escribir. Las conversaciones se irán aislando, cayendo a lo más profundo de las pantalla, arrastradas por el olvido, allí donde nadie puede verlas, dejadas de lado por unos dedos que eligieron otras charlas a las que alimentar. Lentamente se irán apagando, desaparecerán las preguntas y las respuestas, quedando sólo la mínima obligación que el tiempo engullirá también hasta borrar completamente a esa persona de tu lista de contactos y de tu vida. Lo mismo de fácil que en la vida real, sólo que aquí, no tienes que mirarle a los ojos para decirle adiós…