Era lógico que desconfiaran y que no me creyeran. Inmerso en mi rareza, nunca he sido capaz de saber estar solo, asustado siempre por no saber disfrutar del tiempo que te da a-compañía. No es algo a lo que estuviera acostumbrado, como si yo mismo no me bastase, como si yo no fuera suficiente para hacer las cosas y disfrutar, queriendo siempre volcar mis cosas en otra persona, achacándole errores que sólo eran míos y ejercer así de cobarde para no asumir, ni riesgos, ni responsabilidades. Y a base de tropezar, caer y levantarme, he ido aprendiendo, dejando por el camino un reguero de dolor que no se si el tiempo podrá sanar. No tengo claro que el tiempo lo cure todo, aunque tal vez alivie. Así, aburrido, triste, perdido, hundido en la más tediosa rutina, y quedando toda una vida por delante, decidí abandonar cualquier camino que condujera a los mismos sitios, dejando de ser yo, para no volver a dañar a nadie. Fueron las malas decisiones y el dolor infligido, los cimientos del nuevo Yo. He transformado mi cuerpo y mi mente, buscando a Ese más acorde que habita en mi interior. Me cansé de soñar y decidí imaginar, creando la realidad que yo quiero. Y soy feliz. Ahora soy capaz de viajar solo, de caminar solo, de vivir solo. Es mi propia luz la que necesito, aunque deje espacio para otras. Ya no es una necesidad la compañía sino una decisión. Otro paso más hacia la transformación, aunque es razonable que desconfiéis…