Habían sido tantos golpes que me acostumbré a ellos. Un cuerpo anestesiado de dolor ya no sentía pero cada zarpazo arrancaba un pedacito de mí. Y en mis entrañas se iba fraguando la historia de una batalla con un derrotado determinado de antemano. Mi rostro dibujaba sonrisas y mi garganta tragaba tristezas,transportándolas hacía dentro,sin querer escupirlas. Y allí anidaron,hasta que un día,hartas de esconderse,se alzaron en armas y atacaron desde dentro. Una armadura brillante por fuera no pudo contener lo que emergió desde las profundidades,y un corazón desarmado,sufrió la embestida. Se paró. Fueron solo unos segundos,el tiempo que decidió la Vida que debía seguir con ella,y de un manotazo aniquiló dolores y tristezas,reactivó mi corazón,mostrándome el verdadero camino y dandome una nueva oportunidad de volver a vivir…