Podría pasarme la noche entera haciendo equilibrios en el borde de tus piernas. Caminar de puntillas sobre tu vientre, dejando un reguero de besos allí por donde paso con la esperanza de alguno alcance tu boca. Podría viajar de norte a sur, conocer cada rincón de tu cuerpo, cada cordillera, cada valle, cada uno de los puntos que marcaste con una “x», parada y fonda de mi deseo, pero sobretodo, me adentraría en aquellos rincones prohibidos, los más peligrosos, esos que ni siquiera tu conoces, y te descubriría sensaciones, placeres, tesoros que no sabías que existían. Podría acariciarte, arrancar tus gemidos a base de roces, llevarte a la duda de si quieres mantener los ojos abiertos y ver el recorrido o cerrarlos para imaginarlo. Tocaría tu piel, sin prisas, para que supiera que el tiempo está de nuestro lado, y tatuaría en ella con mordiscos mi deseo. Podría desnudarte, no sólo con la mirada, dejarte al descubierto, sin mentiras, sin tapujos, sin vergüenza. Y me lanzaría a la batalla para conseguir conquistar esa boca que se muerde los labios en un intento de contener unos gemidos que al final acaban huyendo por cualquier resquicio. Penetraría en tu fortaleza con el salvoconducto de quién sabe que lo esperan dentro. Bailaríamos juntos, al son de un mismo movimiento, sabiendo que paso dar en cada momento para acabar exhaustos. Podría tantas cosas… y todo porque pidieras “un poco más…”