La espera

Lunes. Otro más. El kárate de mi hijo, y su ilusión por venir y no faltar, me hacen traerlo. Un barrio de la capital no muy alejado de nuestro pueblo, pero tan diferente a lo que vivimos a diario. Entra al gimnasio durante una hora, y esa hora, es mi momento de relax.

 A veces lo ocupo saliendo a correr. Entonces me acoge la Vega. La surco enfundado en zapatillas, observando la tierra aún sin edificar, sintiendo el viento en mi cara, que se lleva el estrés, el cansancio, y a veces, hasta los pensamientos. Los sentimientos ya es más complicado arrancarlos con aire, por eso van conmigo allá donde vaya.

 Otras veces, me siento en un bar, libro en mano, tomando un café a la vez que tejo la historia que leo, sacando ideas para mis propios escritos, y simplemente, maravillándome con el relato que se despliega ante mi. No es raro que no baste un solo café, igual que no es suficiente esa hora, para terminar de leer.

Y otras me siento en el coche, cerca del parque, viendo pasar a la gente e intentando imaginar sus vidas. Los escucho hablar, pasear, patinar, jugar con sus perros, o simplemente sentarse en los bancos a relajarse como yo hago. Ellos no tienen hijos en el kárate, o sí, vete tú a saber. Porque aun no he conseguido averiguar nada de sus vidas y ya ha pasado media hora de esta espera…

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Solve : *
32 ⁄ 16 =