El regreso

Yacía desparramado en la cama, ajeno al tiempo, que ausente de reloj avanzaba imparable, como siempre hace; yacía ajeno al frío que al amanecer, la exigua noche exhalaba como último aliento. Bajo las sábanas de coralina dormía agarrado a mi mismo, esclavo de mis sueños e inerte de conciencia, olvidando distinguir, entre deseo y necesidad. Todo era calma, todo era descanso. No había prisas, ni siquiera por saber si las había.

El tiempo seguía su curso, y yo ajeno a él dormitaba en sueños, o soñaba mientras dormía, sigo sin tenerlo claro, pero tenía claro que el despertador aun no había sonado, y eso me daba “tiempo extra” antes de levantarme. Pero las necesidades siempre aparecen en el momento más inoportuno. Y aprietan. Hay veces que se camuflan entre sueños, colándose en nuestras mentes, en un camino directo desde la realidad. Y así disfrazadas, martillean tu mente, y tu vejiga, obligándote a levantarte cuando más a gusto estás.

Apenas entraba luz por el balcón, reflejo quebrado de un amanecer que despertaba. Mis pies inestables me llevaron al baño, arrastrando el sueño medio despierto y un cuerpo casi moribundo. Me senté, sin encender la luz, palpando todo a mi alrededor, con la seguridad del que se conoce de memoria allí donde habita. Mis ojos seguían cerrados mientras expulsaba mi necesidad. Ya casi se podían escuchar los pájaros despertar. Ya casi se podía oler el café que desayunaría, pero mientras seguía allí sentado, sólo podía pensar en como sería el regreso a la cama…

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