Nos engañaste, haciéndonos creer que no llegarías, pero lo peor es que creímos que seria así. No se a que edad se deja de ser un iluso. Y como cada año te has presentado. Has avanzado lentamente a través de la Navidad, dejando miguitas de pan, enfriado cada vez más o menos, no se exactamente como funciona esto, hasta llegar a herir, acuchillando cada cuerpo que tocas con tus manos heladas. Haciendo sangrar las bocas de vaho, como si el alma huyera de nosotros buscando un refugio mejor. Vuelves a verter tu manto transparente sobre una atmósfera de la que huye una calor, derrotada por tus embestidas. No calentará el sol sin tu permiso, ni la luz tendrá tanto brillo. Lo vuelves todo pesado, quebradizo, con miedo a ser tocado, más aún, tan sólo mirado. Que sabe nadie de como penetras por los rincones, de como arañas y nos encoges, de como te estancas en los pasillos y no quieres ir a ningún sitio porque estas en todas partes. Que sabe nadie, de tu empeño en poder amar como los demás, de querer besar sin doler, de rozar sin escocer y de querer sin ropa de por medio. Que sabe nadie de la soledad del frío…