El ascenso

Nos escoltaron hasta arriba. Pinos en perfecta formación, asomados tras el quitamiedos de la carretera que serpentea hasta la cumbre, testigos de las idas y venidas, de las subidas y bajadas a una Sierra, huérfana de apellido desde hace algunos meses. Se acentuaba el frío a medida que subíamos pero no menguaban las ganas de ascender la montaña. Fue la Virgen de las Nieves testigo del comienzo de aquella ruta, camino a un punto mas cercano al cielo, de lo que habitualmente estamos. Caminamos, pasito a pasito, lenta pero inexorablemente, sin prisa, sin pausa, elevándonos un poco más a cada paso que dábamos, viendo el mundo cada vez desde más arriba. Atajamos por senderos que ya habían marcados otros y que llevaban al mismo sitio, distintas rutas para un mismo destino, y a medida que avanzaban las horas, mas cerca estábamos de nuestra meta. Fue el Veleta el mejor premio y hasta allí fuimos, cerca de las nubes, lejos de todo. Un balcón al infinito, a la nada, al todo. Hicimos parada, que no fonda, y después de comer algo y respirar libertad, emprendimos el descenso, con el frío a cuestas y las emociones a flor de piel. Conocimos los secretos que esconde la Sierra cuando no se viste de nieve, las piedras que la cubren cuando está desnuda, la hierba a puñados desperdigada por sus laderas que desaparecerán bajo las nevadas, esperando el próximo deshielo, y esa paz que se respira, cuando los esquíes y las tablas, no se deslizan por su loma. Nos acompañó el viento en la bajada, alejando al frío y su dolor, y al llegar abajo, le dimos las gracias y le prometimos que nos volveríamos a ver…

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