Para cambiar el mundo

Escalón tras escalón, fuimos descendiendo hasta llegar al cielo. No fuimos los últimos, pero casi, y sobre el escenario, Shinova, la estrella que todos querían ver. Arrancaron con la batería, retumbando en aquel teatro subterráneo, limpia, potente, solitaria, esperando guitarras, bajo y sobre todo, voz. Los gritos emergieron de nuestras gargantas cuando todo estalló al unísono. Las ganas se mezclaron con los saltos, los abrazos y la emoción. “La buena suerte” fue el eje central del concierto, que supieron llevar con maestría, arrancando de cada uno de nosotros sus letras, que sonaban como oraciones en aquel santuario, aunque alrededor las canciones que componían su últimos trabajo, hicieron brotar temas de sus anteriores discos, encajándolos todos, en un hilo conductor que contaba una historia. Y es en esa historia, dónde los que estuvimos allí, nos vemos reflejados. Por eso sus temas erizan la piel, por eso sus letras tocan el alma, por eso sus canciones, no se olvidan jamás. Sus estribillos se cantan al oído y se susurran a voces. Por eso su sonido te embauca, y te hace seguirlo, como al flautista de Hamelin. A todos nos faltó un tema por escuchar, cada uno el suyo, por eso aún nos deben una canción, pero no había tiempo para todas, y a pesar de todo, aquella fue otra noche mágica, de las de antes, de las de siempre. Salimos felices, radiantes en plena noche, insaciables de música, pero convencidos, de que tal vez conciertos como estos, sean la razón que nos hace falta, “para cambiar el mundo”.

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